Brasil vuelve a estar barato (y eso no es del todo una buena noticia)

El real se depreció más de 8% tras la elección y el verano se abarata. El problema es qué le pasa a la cuenta de servicios.

Por Facundo Moreira — Miembro del área de investigaciones socioeconómicas del grupo joven de Fundación Libertad.

El lunes, después de la reelección de Lula, el dólar en Brasil saltó 8,21% y cerró a 5,403 reales, tras haber superado los 5,60 durante la jornada. El viernes anterior cotizaba a 4,99. Para el mercado fue una señal sobre la credibilidad fiscal del nuevo mandato. Para el argentino que está armando el verano, fue otra cosa: Brasil se abarató de golpe.

El mecanismo conviene explicarlo, porque se confunde seguido. Lo que importa para quien viaja no es cuántos pesos vale el dólar ni cuántos reales vale el dólar, sino cuántos pesos vale un real. Y ese tipo de cambio cruzado se movió fuerte porque las dos monedas reaccionaron distinto: el real se desplomó frente al dólar y el peso se mantuvo relativamente estable, con el mayorista en torno a los $1.541. Resultado: el peso se apreció frente al real alrededor de un 7% en dos ruedas, sin que acá se tomara ninguna decisión de política cambiaria.

La depreciación del real no se traslada de manera uniforme a lo que gasta un viajero. Una parte del viaje está fijada en dólares desde la Argentina, sobre todo el pasaje aéreo y los paquetes contratados acá, y no se abarata porque caiga el real. Lo que sí se abarata es el consumo en destino, la porción que se paga en moneda local: comida, traslados internos, excursiones. Esa distinción genera dos efectos de signo opuesto sobre la balanza de viajes. Por un lado, cada argentino que viaja gasta menos dólares por día en Brasil, lo que reduce los egresos. Por el otro, un destino más barato convoca a más viajeros, lo que los aumenta. La historia argentina sugiere con bastante claridad cuál de los dos domina: cada vez que Brasil se abarató en términos relativos, el efecto cantidad se impuso con holgura sobre el efecto precio. Hay además un segundo canal, menos comentado y que va en la misma dirección. Un real débil no solo abarata Brasil para nosotros: encarece la Argentina para los brasileños. Y Brasil es el principal mercado emisor de turistas hacia nuestro país, con cerca del 23% del total. Es decir que podrían subir los egresos y caer los ingresos al mismo tiempo, un deterioro por las dos puntas de la cuenta de servicios.

Esto importa porque el turismo venía siendo la buena noticia silenciosa del año. El déficit se achicó de USD 3.184 millones en el primer trimestre a USD 918 millones en el tercero, según los datos que el INDEC publicó el lunes. En agosto, el déficit medido en cantidad de turistas cayó 45,3%, con el turismo receptivo creciendo 8,9% y las salidas de residentes bajando 19,2%.

Pero vale preguntarse cómo se consiguió esa mejora. Entre junio y agosto, más de 140.000 argentinos menos viajaron al exterior que un año atrás. Los viajes a Chile cayeron 48% en agosto y los de Brasil 20%. Una parte de la corrección es genuina: el aumento del turismo receptivo refleja que el país se volvió competitivo para el visitante extranjero. Pero otra parte, probablemente la mayor, se explica simplemente porque los argentinos viajaron menos. Y ahí está el punto de fondo. Un equilibrio externo que se sostiene sobre el hecho de que los residentes consumen menos no es competitividad, es restricción. Y una mejora construida sobre esa base queda expuesta a cualquier shock que no controlamos, incluida una elección en el país vecino. La temporada que viene va a ser un buen test: si el déficit turístico vuelve a ensancharse, habremos confirmado que lo que se corrigió fue el bolsillo, no

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