Durante mucho tiempo, hablar de hígado graso parecía remitir a una enfermedad propia de los adultos. Sin embargo, el escenario cambió y hoy también se detecta en adolescentes y adultos jóvenes, en paralelo con el crecimiento del sobrepeso, la obesidad y otras alteraciones metabólicas.
El hígado graso consiste en una acumulación excesiva de grasa en el órgano y, en sus primeras etapas, tiene una característica que lo vuelve especialmente difícil de detectar: suele avanzar sin síntomas específicos. Así lo explica el Dr. Diego Piombino, especialista en Hepatología e Hígado Graso, Staff del Servicio de Gastroenterología y Videoendoscopía Digestiva de Grupo Gamma.
“No da síntomas muy específicos y, generalmente, se descubre o se diagnostica por imágenes o análisis de sangre”, señala Piombino.
Puede aparecer ocasionalmente cierta pesadez en el lado derecho del abdomen o cansancio, pero ninguno de estos signos permite identificar por sí mismo la enfermedad. Por eso, los controles médicos y los estudios de laboratorio e imágenes tienen un papel central en su detección.
Una enfermedad que empieza antes
El aumento de casos en personas jóvenes no es casual. Para Piombino, forma parte de un fenómeno más amplio vinculado con los cambios en los hábitos de vida.
“Hay un aumento en la incidencia de esta patología en todas las edades, tanto adolescentes, jóvenes y adultos, y esto está asociado a la obesidad, el sobrepeso y otras enfermedades metabólicas”, explica.
El especialista relaciona este escenario con el sedentarismo y una alimentación con mayor presencia de alimentos ultraprocesados, azúcares y bebidas gaseosas azucaradas. A eso se suma una vida cotidiana en la que la actividad física fue perdiendo espacio frente a las pantallas y otros dispositivos.
La disponibilidad permanente de comida rápida también modificó las costumbres. “Uno no se mueve como se movía en la vida previa al ingreso de la tecnología”, plantea Piombino, y advierte que estos cambios comienzan cada vez más temprano.
El problema, entonces, no es solamente una cuestión de peso. El hígado graso puede aparecer dentro de un conjunto de alteraciones que incluyen obesidad, diabetes, resistencia a la insulina y trastornos del colesterol.
No hace falta tener sobrepeso
Aunque existe una relación muy estrecha entre hígado graso y exceso de peso, no se trata de una enfermedad exclusiva de las personas con obesidad.
“Es más frecuente en los pacientes que tienen sobrepeso y obesidad, hasta en un muy alto porcentaje, casi hasta del 80-90%, pero también se presenta particularmente en algunas personas que no tienen sobrepeso”, aclara el especialista.
En estos casos pueden intervenir factores genéticos y determinadas condiciones metabólicas familiares. Por eso, tener un peso normal no significa que el hígado esté necesariamente libre de grasa.
La detección también se volvió más frecuente gracias a la disponibilidad de estudios, pero para Piombino el principal motivo del aumento de casos es que las alteraciones metabólicas están comenzando a edades cada vez más tempranas.
El problema de los ultraprocesados
La alimentación ocupa un lugar central en esta problemática. El consumo habitual de productos con grandes cantidades de azúcares, grasas y bajo aporte de fibra puede favorecer el exceso calórico y las alteraciones metabólicas asociadas al hígado graso.
Entre los alimentos que conviene limitar aparecen bebidas azucaradas, golosinas, snacks, productos de panadería industrial, cereales con alto contenido de azúcar, embutidos, comidas preparadas y otros productos ultraprocesados.
Esto no significa que una comida ocasional sea la causa de la enfermedad. El problema aparece cuando este tipo de alimentación se convierte en un patrón cotidiano.
Frente a este escenario, Piombino recomienda una alimentación basada en verduras, frutas, cereales integrales y menor cantidad de azúcares y grasas saturadas, en línea con el patrón de dieta mediterránea.
“El consumo de verduras, de frutas, de cereales integrales, es todo lo que se conoce como dieta patrón mediterráneo, que es la dieta que mejor se ha estudiado”, sostiene.
La fibra, además, tiene un papel importante en el equilibrio de la microbiota intestinal y en distintos procesos metabólicos vinculados con la acumulación de grasa.
El otro factor: alcohol
En los jóvenes aparece además otro elemento que puede acelerar el daño hepático: el consumo excesivo de alcohol.
El hígado graso asociado a alteraciones metabólicas y el daño producido por el alcohol no son fenómenos completamente separados. El consumo de alcohol en cantidades elevadas puede sumar toxicidad sobre un órgano que ya está sometido a una sobrecarga metabólica.
Piombino pone el foco especialmente en el consumo excesivo durante los fines de semana.
“Está comprobado que los consumos de alcohol de fin de semana en forma desproporcionada tienen el mismo efecto que tomar diariamente”, advierte.
Por eso, la idea de que el alcohol solamente resulta perjudicial cuando se consume todos los días puede ser engañosa. Los episodios de consumo excesivo también pueden representar un riesgo para el hígado, particularmente cuando se combinan con otros factores metabólicos.
¿Se puede revertir?
La respuesta depende de la etapa en la que se encuentre la enfermedad y, sobre todo, de los cambios que se logren incorporar.
El hígado graso no debe entenderse solamente como una acumulación de grasa. Es el comienzo posible de un proceso que, a lo largo de los años, puede generar inflamación, fibrosis y, en algunos pacientes, evolucionar hacia cirrosis o enfermedad hepática avanzada.
“El hígado graso es una foto de un órgano que se encuentra sobrecargado de grasa, pero después está la respuesta de ese órgano”, explica Piombino.
La buena noticia es que la enfermedad puede prevenirse y, en muchos casos, mejorar mediante cambios sostenidos en el estilo de vida. El objetivo es controlar la acumulación de grasa, mejorar las condiciones metabólicas asociadas y evitar que el proceso avance.
“No hay un medicamento en la actualidad específico que pueda decir: con esto yo dejo de tener la enfermedad”, señala el especialista. Sin embargo, existen tratamientos farmacológicos que pueden utilizarse en determinados pacientes para abordar problemas asociados, como el descenso de peso o el control de la diabetes.
La clave, entonces, no está en buscar una solución rápida sino en sostener cambios en el tiempo.
Moverse también es cuidar el hígado
La actividad física es el segundo gran eje de prevención, y no necesariamente implica practicar un deporte de alto rendimiento.
“La actividad física no solo implica hacer un deporte o correr una maratón, sino el movimiento y la disminución del uso de todo lo que son los dispositivos electrónicos que llevan al sedentarismo”, remarca Piombino.
Caminar, moverse más durante el día, reducir el tiempo sedentario y realizar actividad física de manera regular forman parte de una estrategia que puede comenzar desde la infancia y mantenerse durante toda la vida.
La prevención, por lo tanto, no empieza cuando aparece un diagnóstico. Empieza mucho antes, con hábitos cotidianos que reduzcan los factores de riesgo.
Un problema que va más allá del hígado
Uno de los puntos que Piombino considera centrales es que el hígado graso no debe analizarse como una enfermedad aislada.
Su presencia puede formar parte de un cuadro metabólico más amplio y estar asociada con un mayor riesgo cardiovascular. En otras palabras, el problema no termina en el hígado: las mismas condiciones que favorecen la acumulación de grasa en ese órgano pueden afectar también otros sistemas del organismo.
“El impacto más grande lo va a tener el riesgo cardiovascular, o sea, el riesgo de infartos, de accidentes cerebrovasculares”, advierte.
Por eso, detectar un hígado graso también puede convertirse en una oportunidad para revisar la salud general, controlar el peso, la glucemia y el colesterol, mejorar la alimentación y recuperar el movimiento cotidiano.
El hígado graso puede avanzar durante años sin dar señales claras, pero también es una enfermedad sobre la que se puede actuar. En los jóvenes, la prevención adquiere todavía más importancia: cuanto antes se incorporen hábitos saludables, mayores son las posibilidades de evitar que una alteración metabólica silenciosa se transforme, con el paso del tiempo, en una enfermedad hepática avanzada.
























