Roberto Iglesias: “Una cosa es comerciar con China y otra es otorgarle ventajas políticas y geopolíticas”

El investigador y periodista especializado en medios, comunicación y TICs analiza en su libro “China, la seducción comunicacional para naturalizar un régimen” cómo el gobierno chino construye su imagen internacional a través de un sofisticado aparato de medios y propaganda.

China se proyecta ante el mundo como una potencia moderna, tecnológicamente avanzada, económicamente competitiva y dispuesta a cooperar con otros países. Sin embargo, detrás de esa imagen existe una estrategia comunicacional cuidadosamente diseñada que busca instalar una determinada mirada sobre el país y limitar las voces críticas sobre su sistema político.

Esa es una de las principales conclusiones que plantea Roberto Iglesias, investigador y periodista especializado en medios, comunicación y tecnologías de la información y la comunicación (TICs), magíster en Comunicación en Organizaciones, en su libro “China, la seducción comunicacional para naturalizar un régimen”.

En diálogo con este medio, Iglesias analiza cómo funciona el sistema de comunicación internacional chino, qué recursos utiliza para instalar su narrativa y por qué el modelo político y económico del gigante asiático puede resultar atractivo para determinados sectores de Occidente. También plantea una advertencia para Argentina, en momentos en que profundiza sus vínculos comerciales, tecnológicos y políticos con Beijing.

El investigador aclara que su trabajo no pretende desconocer los avances económicos y tecnológicos de China, sino poner el foco en cómo el gobierno administra y proyecta su imagen internacional. “China trata de presentarse, a través de una construcción comunicacional muy meditada y controlada, como un país normal, donde no existen los problemas”, explica.

En ese sentido, señala que los medios internacionales chinos no funcionan bajo una lógica periodística convencional. Su objetivo, sostiene, no es ofrecer una mirada independiente sobre la realidad, sino construir una imagen favorable del gobierno. “No tienen fines periodísticos como puede tenerlos un medio occidental, aunque tenga una línea editorial, sino que tienen una finalidad de bajada de línea y de construcción de imagen”, afirma.

Para Iglesias, esa estrategia evita que la audiencia internacional conozca aspectos centrales del funcionamiento del régimen, como las restricciones a las libertades, la persecución de minorías, el encarcelamiento de periodistas e influencers y la ausencia de competencia política bajo un sistema de partido único.

Un aparato global de comunicación de miles de millones de dólares

La proyección internacional de China no es improvisada. Según Iglesias, existe una estructura de medios de alcance global que combina radio, televisión, diarios y plataformas digitales, con transmisiones en decenas de idiomas y una inversión multimillonaria.

“Solamente los medios globales, es decir, la radio por aire y online que transmite en 40 idiomas, la televisión internacional por cable y satélite, que también tiene streaming, y los diarios tradicionales con sus portales online, todo ese complejo de medios suma 3.000 millones de dólares”, detalla.

El propósito es sostener una narrativa uniforme en distintos mercados y públicos. Como ejemplo, menciona la programación de China TV en Español, que dedica buena parte de sus contenidos a mostrar negocios, gastronomía, turismo y aspectos positivos de la vida cotidiana.

“Permanentemente se ven imágenes de personas haciendo negocios, comida, turismo, todo lo que te podría contar de positivo un guía turístico o un folleto de promoción de negocios”, describe.

La intención, agrega, es asociar a China con conceptos como armonía, modernidad, cooperación y estabilidad. Pero la estrategia también tiene una dimensión geopolítica: instalar la perspectiva oficial china en las discusiones internacionales y reducir el margen para que otras interpretaciones sobre el país ganen espacio.

“China pretende que todo lo que se diga de ella en el exterior responda a la dispersión y a la imagen oficial”, advierte Iglesias. En ese esquema, incluso el trabajo de los corresponsales extranjeros puede quedar condicionado por las restricciones para acceder a fuentes y desarrollar investigaciones independientes.

Por qué el modelo chino seduce a sectores de Occidente

Otro de los ejes del análisis es la capacidad del modelo chino para despertar interés en sectores políticos, empresariales y sociales de países occidentales, particularmente en un contexto de dificultades económicas y creciente desconfianza hacia las instituciones democráticas.

Iglesias considera que parte de ese atractivo surge de la combinación entre autoritarismo político y desarrollo económico. China presenta un sistema de capitalismo de Estado, con empresas competitivas y un importante desarrollo tecnológico, pero bajo la supervisión y el control del Partido Comunista.

“Las empresas privadas tienen al Partido Comunista Chino y al Estado-partido con acceso a sus mecanismos de decisión o de información. Entonces, hasta cierto punto, hay que poner entre paréntesis esa libertad empresarial”, señala.

Aun así, reconoce que el crecimiento económico y los resultados obtenidos en las últimas décadas constituyen elementos que pueden resultar atractivos para quienes consideran que los sistemas democráticos son demasiado lentos, desordenados o ineficientes para tomar decisiones.

“Ese orden se muestra como atractivo para algunos sectores que piensan que la democracia es desordenada, que es decadente o que trae problemas decisorios. Pero es solucionar un problema a costa de todos los demás”, plantea.

Para el investigador, el riesgo está en evaluar un modelo exclusivamente por sus resultados económicos, dejando en segundo plano las libertades individuales, los derechos políticos y los mecanismos de control del poder.

Argentina: comerciar sí, conceder ventajas geopolíticas es otra cosa

La relación entre Argentina y China también ocupa un lugar en la reflexión de Iglesias. Sin presentarse como especialista en economía o geopolítica, sino desde su formación en comunicación, propone una distinción que considera fundamental al momento de analizar los vínculos bilaterales.

“Una cosa es comerciar con China y otra cosa es otorgarle ventajas políticas y geopolíticas. Son dos cosas muy distintas”, sostiene.

En su planteo, los países pueden desarrollar intercambios comerciales con gobiernos cuyos sistemas políticos son diferentes, sin que eso implique necesariamente concederles espacios de influencia que puedan comprometer decisiones soberanas.

“Vos podés comerciar con gente que esté en las antípodas de tu pensamiento y se comercia, y nada más, y ambas partes sacan su beneficio. O podés abrirle la puerta a una potencia con un sistema diferente y otorgarle ventajas políticas y geopolíticas que pueden afectar negativamente a tu país y a la democracia de tu país”, explica.

Para ilustrar ese mecanismo, Iglesias relata una experiencia personal vinculada con la presentación de su libro en una universidad privada de Buenos Aires.

Según cuenta, la institución tenía previsto organizar un encuentro con su participación y la presencia de representantes de Taiwán. Sin embargo, la Embajada de China se comunicó con las autoridades universitarias y les advirtió que, si realizaban el evento, se interrumpirían los programas conjuntos y la colaboración que mantenían con ese país.

Finalmente, la universidad decidió suspender la presentación. “Ahí tenés un ejemplo concreto de una presión que se puede ejercer y que va más allá de cualquier transacción normal de intercambio o de comercio”, concluye.

El episodio también le permite introducir otra consideración: el caso de Taiwán demuestra, a su entender, que el autoritarismo no constituye un destino inevitable para las sociedades de cultura china. La isla cuenta con un sistema democrático multipartidario y un importante nivel de desarrollo económico.

A lo largo de su investigación, Iglesias pone el foco en una dimensión que muchas veces queda relegada frente a los indicadores económicos, las inversiones y los acuerdos comerciales: el poder de la comunicación para construir percepciones, instalar discursos y condicionar debates.

Su advertencia no apunta a desconocer la importancia de China como socio internacional, sino a distinguir entre las oportunidades que ofrece su economía y las implicancias políticas de su estrategia de influencia. Una diferencia que, para el investigador, resulta central a la hora de pensar el lugar que Argentina quiere ocupar en su relación con el gigante asiático.

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