El norte de Santa Fe atraviesa una de las situaciones más críticas de los últimos años: más de un millón de hectáreas permanecen bajo agua y la actividad ganadera, principal motor productivo de departamentos como Vera, quedó prácticamente paralizada. En ese contexto, comenzó una carrera contrarreloj por conseguir campos en condiciones para trasladar hacienda, pero el mercado responde con valores que los productores califican como “desorbitantes”.
El fenómeno no es aislado. La combinación de lluvias intensas —con picos de hasta 400 mm—, falta de infraestructura hídrica y una geografía naturalmente vulnerable convirtió amplias zonas en áreas improductivas en cuestión de días.
Búsqueda urgente y precios fuera de mercado
La presión sobre los pocos campos disponibles en zonas altas generó un efecto inmediato: suba abrupta en los valores de arrendamiento rural. Productores que necesitan reubicar su hacienda denuncian que, ante la urgencia, algunos propietarios están fijando precios muy por encima de los valores habituales.
“Estamos buscando campos, los cuales tenemos que arrendar, y se complica porque no hay o porque piden precios desorbitantes, aprovechando la situación”, advirtió una productora de Vera, cuya explotación de 5.000 hectáreas quedó completamente inundada.
El dato no es menor: no se trata de una decisión estratégica de expansión, sino de una necesidad operativa para evitar pérdidas mayores. Sin pasturas disponibles —muchas ya cubiertas o en proceso de pudrición—, los animales deben ser trasladados sí o sí.
Un mercado distorsionado por la urgencia
El problema escala porque la demanda es simultánea. Cientos de productores están en la misma situación, buscando superficies aptas, preferentemente cercanas a rutas pavimentadas para facilitar logística y eventual comercialización.
Ese cuello de botella genera un mercado transitorio con características propias:
- Oferta extremadamente limitada
- Demanda urgente e inelástica
- Precios sin referencia clara de mercado
- Negociaciones bajo presión de tiempo
En términos económicos, se configura un escenario típico de distorsión por shock climático, donde el precio deja de reflejar productividad y pasa a reflejar desesperación.
Sin caminos, sin señal y con pérdidas en marcha
A la dificultad para conseguir campos se suma un problema logístico crítico: la incomunicación. Caminos anegados, cortes de energía y falta de señal complican no solo el traslado de animales, sino también la coordinación operativa.
El movimiento de hacienda se realiza, en muchos casos, a pie y por arreo, con riesgos concretos de pérdidas en el camino. Incluso quienes logran relocalizar parte de su producción enfrentan otro obstáculo: no pueden sacar los animales en camión para su venta.
Emergencia y un problema estructural
Mientras desde entidades rurales se impulsa la declaración de emergencia agropecuaria, el episodio vuelve a poner sobre la mesa un problema de fondo: la falta de infraestructura en los bajos submeridionales.
“Producimos hace 40 años en las mismas condiciones. Cada vez que llueve fuerte, pasa lo mismo”, remarcan desde el sector.
En paralelo, el mercado de tierras rurales muestra una cara menos visible pero igual de relevante: la capacidad de absorber crisis sin generar comportamientos oportunistas. Hoy, esa discusión quedó expuesta.
Porque en medio del agua, el barro y la urgencia, la pregunta ya no es solo productiva. También es de reglas de juego.


























