Paseadores Sociedad Anónima

Nadie tiene tantas mascotas como los argentinos. Al menos, nadie en toda América Latina. Un estudio de Millward Brown, para el Grupo Mars –al cual pertenece Royal Canin Argentina– estima que hay en el país 11 millones de perros (un 50%, de raza). De cada 10 hogares, 7,8 tienen al menos un animal. De cerca nos sigue Chile (7,1), y más atrás México (5,4) y Brasil (4,4). Según el Instituto Pasteur, durante 2013, sólo en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires, 500.000 pichichos recibieron la vacuna antirrábica. Y la tendencia crece.

Cuando visitan la ciudad se quedan con la boca abierta, y no por la carne, las mujeres o el fútbol. Lo que les impacta, a primera vista, son los paseadores de perros, algo impensado en otros lares. Abundan, hay más de 2.000 en sus registros oficiales. Pero fuentes del sector aseguran que hay al menos otros 4.000 que no lo están. Hasta años atrás, el mercado de los paseadores estaba atomizado por miles de emprendimientos particulares: jóvenes que, con cero inversión, decidían sacarle jugo al récord argentino en mascotas. Sin embargo, el mercado empezó a cambiar y en menos de dos años algunos emprendimientos buscan profesionalizar el servicio y poner collar a un mercado que, según cálculos del sector, mueve unos $ 40 millones por año. Con todo, es un segmento atomizado y cruzado por la informalidad, por lo que en gran parte los números son estimaciones.

Club Can es el líder del incipiente segmento de los paseadores profesionalizados. Yolopaseo –que tiene una estrategia publicitaria que apunta a las veterinarias y no tanto a la publicidad online, como Club Can, aunque tiene el pro de que su servicio puede pagarse con tarjeta– es la otra PYME que se destaca en el mercado porteño. Después hay emprendimientos que se diferencian del paseador tradicional pero no son empresas (los dueños son paseadores). Es el caso de La Manada Servicios, Pet’s Vacances y La Pandilla de Cascote, esta última con un fuerte énfasis en la solidaridad y adopción a través de las redes sociales.

Pablo Yuri (25 años) y los hermanos Mauro (29) y Cristiano Signore (27), estudiantes de Comercialización, Publicidad y Administración de Empresas –los tres de Bariloche– festejan con bombos y platillos la actualidad de Club Can, el proyecto que comenzó con un capital de menos de $ 5.000 y hoy factura más de $ 1 millón por año.

En Buenos Aires, en pocos meses, Club Can se convirtió en la empresa de paseadores para perros que más animales tiene a cargo en la Ciudad. Más de 100 clientes y lista de espera con más de 50 casilleros ocupados: son selectos y van a intentar crecer con servicios en lugar de sumar animales y hacer que “el negocio termine yéndoseles de las manos”. De lunes a viernes a las 7:30 esta novel compañía presenta un equipo con indumentaria azul de 10 paseadores, 2 coordinadores de grupo y 3 directores (comercial, operativo y de Comunicaciones). Según el tamaño, edad o prescripción médica, los perros recorren en 120 minutos un promedio de entre 60 y 90 de las coquetas cuadras de Recoleta, Barrio Norte, Cañitas o Palermo. El crecimiento de Club Can se apoya en la prosperidad del mercado argentino de las mascotas.

“Observamos que por más que muchos paseadores hacen bien su trabajo, existe un recelo importante hacia su labor. Alcanza con que uno vaya enredado en una maraña de 20 o 30 perros, los ate en cualquier lugar o no recolecte las heces, para reforzar la imagen negativa que algunas personas tienen de la figura del paseador”, explica Yuri.

El concepto de empresa va de lleno contra este prejuicio. Apunta, con su estructura, a generar mayor confianza y seguridad. Respetar horarios, contar con móviles propios, paseadores capacitados, cobertura médica y un período de adaptación de los nuevos socios son algunas de las cartas que presenta Club Can para que los dueños de las mascotas se atrevan a dejar en sus manos a sus mascotas.

“Es la primera vez que me animo a que Cayetano salga con paseador. No soy una obsesiva, pero me da miedo que lo roben o que algo le pase. Es un pug carlino, se agita muy fácilmente y sufre mucho el calor. La entrevista con el coordinador me dio confianza: el paseo se estructura de acuerdo a lo que Caye necesita”, afirma Lorena, de 31 años, estudiante de Marketing.

También a Club Can llegan perros con malas experiencias con otros paseadores. Fernando comenta que Fausto, su border collie, llegaba sucio, con pulgas, a veces mordido. “Lo debían tener las tres horas a los revolcones en el canil de la plaza. Después del paseo volvía más excitado”, asegura este abogado de 42 años.
No toda mascota es aceptada: para ser parte del club hay que tener papeles al día. Los perros salen con calendario de vacunas en condiciones, chapita con los datos y seguro: el paseo incluye la cobertura de Mapfre, que actúa en caso de pérdida, robo, accidente o lesiones a terceros.

La intervención del Gobierno porteño para controlar este creciente segmento se limita, por ahora, a la entrega de un volante con los consejos sobre la tenencia responsable. Los perros deben ser conducidos con correa y collar, sus heces levantadas con escobilla y bolsita, y no pueden ser atados a postes, árboles o semáforos. Tampoco está permitido que una persona traslade a más de 8 animales a la vez.

Más allá de eso, para ser paseador en Capital sólo se necesita estar inscrito en el Registro de Paseadores de Perros. Para obtener la credencial habilitante no hay que ser ningún fenómeno. Se exige más de 18 años, domicilio certificado en la Ciudad por la Policía Federal, 2 fotos y firmar una declaración jurada. Nada más. No hace falta demostrar ningún tipo de capacitación o realizar algún curso.

Los responsables de Club Can dicen que una de las claves de su éxito es la selección del personal. A la hora de contratar a un paseador priorizan que tenga un vínculo particular con los animales. Buscan a gente como ellos: que se hayan criado rodeados de perros. Si además son estudiantes de veterinaria, mejor.
“Como no es una actividad regulada, nosotros damos la capacitación que creemos adecuada para el estándar de la empresa”, afirma Yuri.

La frutilla de la torta es el seguimiento por GPS. Los dueños pueden rastrear desde un celular o una computadora las pisadas de sus mascotas. Los paseadores cuentan con un sistema que envía de forma constante las coordenadas al sitio de la empresa. Desde la página, los socios acceden a un perfil privado donde pueden localizar a su perro en tiempo real, ver fotos de los paseos y hasta la historia médica. Además, tienen la posibilidad de enviar mensajes a los encargados de pasear a sus mascotas y a los dueños de los otros pichichos.

También, por ese medio, los paseadores pueden informarles sobre cambios en el perro o realizarles alguna sugerencia.

“Pensamos la idea de club, les damos un carnet con la fotito, los hacemos parte. Si las personas intervienen en los paseos, ven cómo trabajamos, cómo tratamos a sus mascotas, tenemos más de la mitad del partido ganado”, comenta Yuri.

El costo mensual del paseo, de dos horas diarias de lunes a viernes, es de $ 700, con todos los servicios incluidos. Un paseador a la viaja usanza cobra alrededor de $ 500.

Además de los paseos, el club ofrece un pensionado que funciona todo el año, reserva turnos en veterinarias o peluquerías, y proyecta un sistema online de compra de alimentos balanceados y accesorios.

El mayor desafío: seguir ganando la confianza de un mercado en crecimiento, complejo y con escasa regulación. Un rubro que, aún, no ha sido del todo domesticado.

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