2020: el año que vivimos en peligro

Se está terminando un año fatal para el mundo. En Argentina la pandemia no nos trató mejor. Y el 2021, con este gobierno, puede ser desastroso.

Por Ernesto Edwards / Filósofo y periodista / @FILOROCKER

En 1982, en su período australiano, el genial Peter Weir dirigía “El año que vivimos en peligro”, filme que abordaba los tiempos de la conocida historia de Achmed Sukarno en la previa en Jakarta antes de su caída como presidente de Indonesia, tras la separación de los Países Bajos en 1949. En ese contexto, un periodista australiano llega a dicha capital para hacer la cobertura, y allí se vinculará con un fotógrafo convencido de la necesidad de sostener a Sukarno y de una joven funcionaria de la embajada británica, de la que se enamorará. Atención spoiler: el final exhibirá que Sukarno era un dirigente político al uso nostro, sólo preocupado por sus propios intereses y sin importarle cuántos tengan que morir de sus conciudadanos a la hora de confirmarlo en su status.

Nosotros, en la Argentina, en este final sólo formal de 2020, que para nosotros comenzó realmente el pasado 19 de marzo con el anuncio de una cuarentena que todavía no terminó si miramos que aún quedan actividades laborales y comerciales que siguen vetadas, fue un año (sigue siendo) en el que propiamente vivimos en peligro.

El 31 de marzo publicábamos, en esta misma columna, “El mundo del Coronavirus. Pensar la Pandemia”, anticipando que “El COVID–19 traerá consecuencias inmediatas en nuestras vidas. El mundo no volverá a ser tal como lo conocimos”. No era ninguna genialidad, pero por esos días teníamos numerosos negacionistas persuadidos de que lo que se vendría sería diferente a lo que ya conocía el mundo.

En esos primeros momentos, recién decretada la pandemia, se iniciaba también un debate filosófico, con unos cuantos pensadores que arriesgaban su punto de vista, como Alain Touraine, Byung-Chul Han y Slavoj Zizek. Incluso el italiano Giorgio Agamben arriesgó (y mal) que se había inventado una pandemia cuando en realidad se trataba de una gripe más. Pero nadie le dio importancia a la necesidad de repensar el mundo.

En nuestra cotidianeidad, el home office se enseñoreó como herramienta laboral imprescindible, evidenciando que encontrarnos en un espacio físico para realizar nuestras labores es bastante innecesario. Obviamente que para ello, como decíamos entonces, hay que tener casa, posibilidades técnicas y… ¡trabajo! Si reunimos las condiciones, en plena soledad, enfrentando (o no) nuestros miedos, nuestras hipocondrías, nuestras paranoias, estaremos cara a cara con nosotros mismos. Y puede que no haya peores momentos que esos. Y efectivamente no los hubo. Y en todo ese discurrir, y ahí el quid de esta nota, nuestros políticos merodearon buscando su beneficio, el político, que es el fundamental si consideramos que para ellos todo es una lucha por el poder, y que no importa otra cosa.

Fue así que abundaron y abundan contrafácticos desopilantes. Como el de qué hubiera ocurrido si esta crisis nos sorprendía con Mauricio Macri de presidente en vez de Alberto. O recordando que la anterior gestión redujo el ministerio de Salud a secretaría. Claro, a no olvidar que Macri lo tuvo a Adolfo Rubinstein, master en infectología en Harvard y doctor en Salud Pública por la UBA, y Fernández lo tiene a Ginés… En un gobierno de científicos, que busca tomar distancia del mejor equipo de los últimos 50 años. Y fue obvio: ni lo uno ni lo otro.

Por entonces, y demasiado temprano, desde el gobierno se afirmaba que estábamos dominando al coronavirus, que en el mundo se hablaba del “modelo argentino” y que nuestro país había sido elegido entre otros nueve para estar a la vanguardia experimental de una eventual cura de esta enfermedad. Nada más lejos de lo que realmente ocurrió. Tampoco que dispondremos de las mejores vacunas. Y eso que deploramos a cualquier antivacuna.

Luego de la patética imagen de Alberto Fernández como presidente en el acto de celebración del primer año de gobernación de la provincia de Buenos Aires, humillándose en público con su frase servil de “Hice lo que me mandaste, Cristina”, el mismo fue objeto de pullas y burlas de todo calibre de una importante mayoría del país, y del desprecio generalizado. Algunos calificativos recibidos no merecen ser reproducidos, por lo inapropiados e impertinentes. Sí podría aportarse que la conducta del presidente argentino hace recordar al famoso “Fausto” de Göethe, aquel que insatisfecho con su vida no duda en hacer un trato con el ángel caído, entregando su alma al cabo de una vida de sabiduría ilimitada y placeres sensuales. El placer de ser presidente. La sabiduría, te la debo. Por su proximidad temática, Alberto también nos recuerda al protagónico de “Mephisto”, la gran realización de István Szabó. Huelga la explicación de por qué.

Recordemos que en los primeros meses de cuarentena tuvimos sobredosis de TV con ese personaje de Maestro Ciruela que encarnó Alberto, con sus filminas y afirmaciones disparatadas, pero en la convicción de estar encarnando a un gran catedrático, en clave de épica jugándose la vida por nosotros. No faltaron nunca la soberbia ni el autobombo por aciertos que nunca existieron. Y con una decisión política que no dio rersultados positivos, cuando en una forzada opción entre salud y economía, nos quedamos sin ambas. Y ahora, también sin vacunas, aunque se declamen inminentes campañas de vacunaciones que, por ahora, todo hace pensar que son de efecto imprevisible.

Y como es un gobierno que se supera a diario, es posible que próximamente también nos quedemos sin Internet, sin cable y sin telefonía. Con ese afán de “democratizar” los servicios, arruinando la calidad de todo a su paso.

Cuarenta y dos mil muertos, un millón seiscientos mil contagiados, la dudosa categoría de “recuperados”, un relajamiento absoluto de los cuidados (distanciamiento, barbijos e higiene), y una inminente segunda ola, a fines de febrero o comienzos de marzo, que puede ser de consecuencias catastróficas. Y si bien el país se debe a sí mismo debates de fondo sobre cuestiones de salud pública, que el árbol no tape al bosque. Vamos mal, y todo puede ser mucho peor.

Pero detengámonos en algunos detalles del manejo gubernamental de la pandemia. No se pensó nunca en los niveles de saturación de la gente en cuanto a la tolerancia a las restricciones, al encierro, a las cuarentenas. Se focalizó la atención en médicos infectólogos de dudoso nivel pero nadie reparó en especialistas en salud mental, psicólogos, sociólogos, antropólogos, filósofos y economistas. Algo básico. Pero no lo pensaron. Y eso que son un ministerio.

Se aproxima la tan temida segunda ola. Se viene la propagación de una nueva cepa. Y más controles y restricciones en el resto del mundo. Argentina no va a ser ajena a ello. Con el agregado de una población saturada de un desastre económico que ya es inocultable. La diferencia que tenemos con el resto del mundo, salvo excepciones, es de idiosincracia. Tenemos una población de reacciones primitivas. De manejarse a puro instinto y con predominio del principio del placer. Sin gran capacidad de reflexión. De ahí tantos desbordes y reuniones clandestinas.

No es tampoco ser un visionario prever el desastre generalizado. Ni hablar de la economía. Se viene un año peor que el 2020. Deberían comenzar a preocuparse un poco por ello, y no tanto por satisfacer las necesidades judiciales y fantasías narcisistas de Cristina Fernández. Pero así estamos. Volvieron mejores…

Hicieron todo mal. Y el resultado fue ocupar los primeros lugares mundiales entre los países con mayor cantidad de muertos por millón de habitantes y en números absolutos. Es un gobierno sin rumbo, sin planes, sin ideas.

No es momento para hacer chistes, y tengan la seguridad de que no lo es: la nueva cepa de COVID es preocupante y podría ser imprevisiblemente peligrosa. No lo es menos la nueva cepa del cristinismo. No se duerman porque, lamentablemente, la viuda es la mejor jugadora política que ha tenido el país en los últimos veinte años, y si ella la está pasando mal, a vos te la puede hacer pasar peor, incluido Alberto. Aunque elogie a los Moyano y no le dé importancia a Alicia Castro y sus escraches tuiteros.

¿2020, el año que vivimos en peligro? No, seguimos en riesgo permanente. CFK cedió su lugar en el rol institucional, pero nunca cedió el liderazgo ni las decisiones en el Frente de Todos. Porque si todavía alguien no lo advirtió el Frente de Todos es Cristina. La que manda es Cristina. Es la que decide quién se queda y quién se va de un gabinete con funcionarios que no funcionan. Y cuál es el nivel de ataque agresivo que le dispensan a una Corte que considera enemiga, con un frente judicial que no le termina de arreglar Alberto. Y todavía resta saber qué harán con las tarifas.

En el medio de esta debacle, un íntimo amigo que confiesa “Estoy pensando en irme”. Cansado de todo lo que pasa en este país con este gobierno. Y uno sabiendo que de los que se queja tiene razón.

Los especialistas avisan que segundas y terceras olas, en el caso de pandemias, siempre serán más devastadoras. En 2021 todavía no asoma ninguna luz al final del túnel. Tal vez haya que esperar hasta 2022 o 2023. Hay que ver si llegan todos.

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