4 de cada 10 argentinos ya operan con cuatro o más proveedores financieros

La creciente fragmentación de la vida financiera está cambiando cuánto pueden conocer bancos y fintech de sus propios clientes. En un ecosistema donde cada institución ve sólo una parte de la actividad, la ventaja empieza a pasar por integrar información y convertir contexto en mejores decisiones.

La relación de los argentinos con el sistema financiero está cambiando. Ya no se trata solamente de elegir entre un banco y una billetera. Las personas tienen en promedio seis cuentas financieras, y cada vez más distribuyen sus operaciones entre diferentes proveedores según el servicio, beneficio o producto que necesitan.

Los últimos datos oficiales muestran la magnitud del fenómeno. Según el Informe de Inclusión Financiera publicado por el Banco Central de la República Argentina (BCRA) en abril de 2026, a diciembre de 2025 había 37,8 millones de personas con cuentas financieras y cada titular tenía, en promedio, seis cuentas, frente a 5,1 un año antes. Además, el 74% de los titulares combinaba cuentas bancarias y cuentas de pago.

La diversificación también se refleja en el número de proveedores con los que las personas operan. El 70% de los usuarios con actividad en sus cuentas ya utiliza más de un proveedor financiero y quienes registran movimientos en cuatro o más pasaron del 11% al 40% en apenas un año.

El dato muestra un cambio que va más allá de la cantidad de cuentas: la vida financiera de una persona está cada vez más distribuida entre distintos actores.

Una persona puede cobrar su sueldo en un banco, pagar desde una billetera, mantener sus ahorros en otra plataforma y financiar consumos con un proveedor diferente. Para cada una de esas compañías, sin embargo, la relación puede representar solamente una parte de la actividad financiera total de ese cliente.

Esto plantea un nuevo desafío para bancos, fintech y otros actores del ecosistema: cómo conocer al cliente cuando la relación financiera ya no está concentrada en un solo lugar.

En paralelo, la propia infraestructura financiera empieza a adaptarse a un ecosistema más distribuido. Desde fines de agosto entró en vigencia Cobro con Transferencia (CCT), el nuevo instrumento impulsado por el BCRA para el cobro recurrente de cuotas de préstamos, que permite operar sobre cuentas bancarias y de pago bajo un esquema interoperable y con consentimiento explícito del usuario.

El avance se suma a una dirección más amplia hacia esquemas de finanzas abiertas, donde distintas instituciones pueden interactuar sobre una infraestructura común. Para bancos y fintech, esto amplía las posibilidades de construir servicios que atraviesen los límites de una única cuenta o proveedor.

Pero una mayor interoperabilidad no resuelve por sí sola el problema de conocimiento del cliente. Contar con más información o nuevas formas de conectarse con otras partes del ecosistema sólo genera valor cuando esa información puede integrarse con los sistemas y procesos existentes, interpretarse en contexto y convertirse en una acción concreta.

“Los clientes ya usan servicios conectados entre sí, y la banca está dejando de funcionar como un sistema aislado para integrarse en esas experiencias. Instrumentos como CCT muestran que la interoperabilidad deja de ser una discusión conceptual y empieza a habilitar nuevas formas de operar. Para las organizaciones, el desafío es qué construyen sobre esa infraestructura: cómo integran sistemas, contexto y decisiones sin perder de vista consentimiento, seguridad y control”, explica Joaquín Díaz Vélez, Business Manager en Flux IT.  

Sobre esa capacidad de integrar información y entender el contexto, la inteligencia artificial puede agregar una nueva capa de valor: identificar patrones, interpretar grandes volúmenes de información y detectar señales que ayuden a anticipar necesidades o tomar decisiones con mayor precisión.

Estas capacidades pueden combinarse en distintos momentos de la relación con el cliente: evaluar una solicitud de crédito con una visión más completa de su situación financiera, facilitar el cobro de una cuota desde la cuenta que éste haya autorizado o detectar señales que permitan ajustar una oferta o una decisión de riesgo cuando cambia su contexto financiero.

“Podemos tener más datos que nunca y seguir tomando decisiones con una imagen incompleta del cliente. El salto ocurre cuando podemos interpretar esas señales en contexto: saber no sólo qué producto podría necesitar una persona, sino si tiene sentido ofrecérselo en ese momento. Ahí la tecnología deja de organizar información y empieza a mejorar decisiones.”, señala Díaz Vélez.

El fenómeno no responde solamente a la incorporación de nuevos usuarios. Durante 2025, casi 17,7 millones de personas que ya formaban parte del sistema financiero abrieron al menos una cuenta nueva. La expansión, por lo tanto, también refleja una mayor diversificación de los vínculos financieros.

Para bancos y fintech, este comportamiento modifica las reglas de competencia. El desafío ya no consiste únicamente en lograr que una persona abra una cuenta o contrate un producto, sino en convertirse en un actor relevante dentro de un ecosistema en el que ese mismo cliente puede utilizar cuatro, cinco o más alternativas. En ese escenario, la ventaja competitiva no estará necesariamente en acumular más información, sino en integrarla, comprender el contexto y transformarla en mejores decisiones.

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