Tras una primera etapa centrada en reforzar el patrullaje, sumar efectivos y desplegar tecnología de vigilancia, la gestión municipal avanza ahora en lo que internamente denominan la “fase 2” del plan de pacificación: la urbanización de los barrios más críticos de la ciudad. El objetivo es claro: pasar de la contención del delito a una transformación estructural del territorio.
En ese marco, el secretario de Gobierno municipal, Sebastián Chale, detalló los alcances de esta nueva etapa en una entrevista con Marcelo Fernández en Fisherton Plus, donde remarcó que “entramos en una fase 2 con urbanizaciones integrales en Empalme Graneros, Ludueña y la zona de Los Pumitas”.
La iniciativa implica una intervención urbana profunda en algunos de los sectores más complejos de la ciudad. No se trata de obras aisladas, sino de una reconfiguración completa del espacio urbano, con impacto directo en la vida cotidiana de los vecinos.
Entre las principales acciones previstas se destacan: apertura de calles, pavimento definitivo, creación de espacios públicos, instalación de infraestructura y eliminación de zanjas a cielo abierto. En Empalme Graneros, por ejemplo, el plan contempla seis frentes de obra simultáneos, con seis empresas trabajando en paralelo sobre una amplia cuadrícula.
“Las intervenciones son de un peso que nunca hubo”, sostuvo Chale, remarcando la magnitud de un plan que busca modificar las condiciones que históricamente favorecieron la consolidación de economías delictivas.
Uno de los casos emblemáticos es Ludueña, donde el municipio avanzará con la apertura de la calle Matienzo y la demolición del estadio abandonado de Tiro Federal, un espacio que durante años funcionó como barrera urbana y foco de conflictividad. Allí se proyecta además la creación de espacios públicos y un polideportivo, en articulación con la provincia.
La lógica de esta etapa es clara: urbanizar para quitarle territorio al delito. “El Estado tiene que ser muy firme en la persecución, pero también transformar esos territorios para que dejen de ser el hábitat natural de los malandras”, definió el funcionario.
Pero el impacto del plan no se limita a los barrios intervenidos. La transformación del corazón crítico del noroeste genera un efecto expansivo sobre todo el corredor, alcanzando zonas linderas con mayor consolidación urbana.
En ese sentido, barrios como Fisherton y su proyección hacia Funes, junto con sectores de Belgrano y Azcuénaga, se ven beneficiados indirectamente por la mejora en conectividad, infraestructura y condiciones de seguridad. La intervención en los puntos más vulnerables tiende a ordenar y potenciar todo el entramado urbano del oeste rosarino.
La “fase 2”, entonces, marca un punto de inflexión: pasar de contener el delito a disputar el territorio con urbanización, obra pública y presencia estatal sostenida. Un cambio de escala que, según el municipio, busca consolidar una transformación duradera en la ciudad.

























