Apagar al adversario desde las sombras: la guerra que ya no necesita cruzar fronteras

Sin declaraciones formales ni ejércitos a la vista, los ciberataques modernos apuntan a quebrar la confianza pública y la economía real. Por qué el verdadero dilema de la defensa contemporánea ya no pasa por las armas físicas

Por Felipe Borrero –  Miembro del área de investigaciones socioeconómicas del Grupo Joven de la Fundación Libertad.

No hace falta ser especialista en relaciones internacionales, tener un título universitario sofisticado ni contar con un doctorado para saber que el mundo en el que vivimos está cambiando. En una época donde la palabra IA está en boca de todos y nos sorprende a diario por su enorme potencial, la dicotomía entre lo bueno y lo malo resulta ser, al fin y al cabo, dos caras de la misma moneda.

Diversos hallazgos e investigaciones en Medio Oriente han evidenciado que los conflictos entre humanos datan de más de 10.000 años, revelando que la guerra es parte de nuestra propia historia y un rasgo propio de la condición humana. Sin embargo, en los últimos 100 el mundo cambió drásticamente y con una velocidad cada vez mayor, y el campo bélico no fue la excepción: se pasó de las trincheras y los tanques a las bombas atómicas, los drones y, finalmente, con la masificación digital y la inteligencia artificial, a los ciberataques.

Este salto de la IA trajo consigo una transformación mucho más profunda que el simple recambio de herramientas armamentísticas: alteró de raíz el lugar donde se libra la batalla. El frente ya no está delimitado por una línea geográfica ni reservado a los militares,  hoy, el frente de batalla es la sociedad entera. El objetivo estratégico actual rara vez busca destruir un ejército, sino que apunta a quebrar la matriz energética, bloquear el sistema de pagos bancario, intervenir las comunicaciones del gobierno, paralizar la logística portuaria y demoler la confianza pública en las instituciones cotidianas.

Esto expone una contradicción inédita para la defensa tradicional. Durante decadas, la seguridad nacional fue el ejemplo típico en las clases de economía de un bien público provisto por el Estado. Sin embargo, en el tablero contemporáneo asistimos a una privatización encubierta del campo de batalla: los blancos más buscados por los atacantes no pertenecen a los ministerios de defensa, sino a corporaciones y empresas privadas. Así se vio en las últimas semanas con el ataque al exchange de criptomonedas Binance y el hackeo a los sistemas de refrigeración de cadenas de supermercados en Europa. Esto demuestra que, cuando la primera línea de resistencia descansa en servidores corporativos, la frontera soberana pierde gran parte de su sentido práctico.

En este escenario, la vieja división entre tiempos de paz y tiempos de guerra dejó de ser operativa. Los Estados conviven bajo un asedio permanente en lo que se denomina “zona gris” es decir un estado de hostilidad permanente en el que un país busca debilitar a otro de manera consciente, evitando cruzar las líneas rojas que habilitarían una represalia militar convencional según el derecho internacional.

La efectividad de esta estrategia radica en dos ventajas insalvables frente al orden internacional clásico. La primera corresponde al dilema de la atribución, dado que en el ciberespacio identificar con certeza jurídica inmediata y pruebas concluyentes al autor intelectual de un ataque es casi imposible ante el uso sistemático de intermediarios y grupos tercerizados. Sin un agresor formalmente identificado, la amenaza de una represalia que frene al atacante se vuelve prácticamente nula.

La segunda ventaja, y quizás la más determinante, responde a una pura lógica económica vinculada con la brutal asimetría de costos marginales. Históricamente, en los conflictos bélicos el costo de atacar solía ser enorme frente al de defenderse, ya que invadir o avanzar sobre un territorio exigía movilizar tropas, armamento pesado y una logística millonaria. En el ciberespacio esa ecuación se invirtió por completo. Hoy el atacante únicamente debe encontrar una vulnerabilidad o una pequeña brecha, lo cual solo le demanda escasos recursos y un costo marginal casi nulo para replicar la estrategia ofensiva una y otra vez. Para el defensor, en cambio, la tarea es inmensa, dado que debe monitorear y blindar millones de puntos de acceso permanentemente, enfrentando costos marginales fuertemente crecientes por cada capa adicional de protección. Al atacante le basta con encontrar un pequeño hueco para dejar en vano millones de dólares destinados a la defensa.

La guerra, en definitiva, no desapareció ni moderó sus ambiciones; simplemente aprendió a operar en silencio detrás de una pantalla. El siglo XXI nos coloca frente a una realidad incómoda donde el conflicto ya no se declara formalmente ni espera a que crucen tropas por una frontera, sino que se infiltra en las actividades más cotidianas de las personas. Mientras sigamos pensando la soberanía con las categorías del siglo pasado, los Estados continuarán invirtiendo fortunas en blindar fronteras físicas que los ataques ni siquiera necesitan tocar. En un mundo donde paralizar la economía o desabastecer una ciudad cuesta una fracción ínfima de lo que cuesta defenderla, la lección que dejan estos acontecimientos es clara: en la guerra moderna, las batallas decisivas ya no se ganan conquistando territorio, sino apagando la vida cotidiana del adversario desde las sombras.

 

 

 

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