La restauración integral del Monumento Nacional a la Bandera permitió recuperar uno de los principales símbolos históricos del país. Sin embargo, detrás de la puesta en valor hubo una tarea mucho menos visible que demandó meses de trabajo y un abordaje altamente especializado para detener un deterioro acumulado durante décadas.
La empresa rosarina Almapiedra, dedicada a la restauración y conservación patrimonial, fue convocada para intervenir específicamente las superficies de piedra del complejo monumental. Su labor abarcó esculturas, altorrelieves, columnas, placas de travertino y revestimientos, aplicando criterios internacionales de conservación con una premisa clara: mínima intervención y máxima preservación del material original.
“La restauración patrimonial no busca dejar un edificio como nuevo, sino conservar su historia y garantizar que pueda perdurar en el tiempo”, explicó María Eugenia Prece, gerenta de Almapiedra.
Un diagnóstico antes de tocar la piedra
Antes de comenzar cualquier intervención, el equipo técnico de Almapiedra realizó un diagnóstico exhaustivo del estado de conservación del Monumento.
El trabajo comenzó con un relevamiento placa por placa de los frisos, columnas y revestimientos del Propileo. Cada elemento fue inspeccionado individualmente mediante pruebas de percusión para detectar desprendimientos internos y evaluar la estabilidad de la piedra.
Además, los especialistas confeccionaron un mapa completo de patologías donde registraron grietas, fisuras, vegetación invasiva, depósitos carbonosos, salinidad, costras calcáreas y juntas deterioradas.
Ese relevamiento permitió definir con precisión qué tratamiento necesitaba cada sector: limpieza, consolidación estructural, reposición de juntas o protección final.
“Nada quedó librado al criterio del momento. Cada intervención respondió a un diagnóstico previo y documentado“, señaló Prece.
Décadas de suciedad acumulada
Con el diagnóstico concluido comenzó una de las etapas más delicadas de toda la restauración.
Antes de decidir cómo limpiar las esculturas y altorrelieves, Almapiedra realizó análisis químicos sobre la pátina biológica que cubría las piezas. Ese estudio permitió identificar la composición del biofilm generado durante años por la humedad, la contaminación ambiental y la proliferación de microorganismos.
Recién entonces el equipo combinó distintas técnicas según el estado de cada superficie: limpieza mecánica para remover depósitos superficiales, tratamientos químicos con biocidas específicos y limpieza con vapor, capaz de penetrar la porosidad natural del travertino sin dañarlo.
El objetivo no era devolver una apariencia nueva a la piedra, sino recuperar su superficie original respetando las huellas del tiempo y evitando intervenciones invasivas.
Esculturas que volvieron a ser una sola pieza
Otro de los problemas detectados era el deterioro de las juntas entre los enormes bloques de travertino que conforman las esculturas monumentales realizadas por José Fioravanti y Alfredo Bigatti.
Con el paso del tiempo esas separaciones se habían hecho visibles y alteraban la lectura original de las obras.
Para resolverlo, los restauradores de Almapiedra desarrollaron en obra un mortero formulado especialmente con piedra molida, marmolina, cemento blanco y cal, compatible con el travertino original.
El resultado permitió recuperar la continuidad visual de las esculturas para que volvieran a percibirse como una única pieza, tal como fueron concebidas por sus autores.
Tecnología aplicada a la conservación
Finalizadas las tareas de limpieza y consolidación, llegó una etapa clave para garantizar la durabilidad de la restauración.
Almapiedra aplicó sobre esculturas y altorrelieves un hidrofugante nanotecnológico especialmente importado de España, certificado para restauración patrimonial y utilizado en obras de alto valor histórico.
El producto protege el travertino del ingreso de agua y del crecimiento de nuevos microorganismos sin modificar su color, textura ni capacidad de transpiración.
La elección de esta tecnología respondió a una característica propia del travertino: su porosidad natural facilita la acumulación de humedad y contaminación biológica, acelerando nuevamente el deterioro si no cuenta con una protección adecuada.
Cada sector exigió una solución distinta
La restauración requirió tratamientos específicos para cada parte del Monumento.
En el Propileo se consolidaron placas desprendidas mediante anclajes estructurales, se reconstruyeron juntas y se protegieron los revestimientos de travertino.
En la Llama Votiva se reconstruyó la pátina protectora capaz de resistir las altas temperaturas.
Los altorrelieves fueron sometidos previamente a estudios químicos antes de reconstruir sus juntas mediante morteros especialmente formulados para integrarse al material original.
En la Proa se restauró la piedra y volvió a ponerse en funcionamiento la fuente ornamental, mientras que las esculturas alegóricas del Río Paraná, el Océano y los Puntos Cardinales demandaron una limpieza mucho más profunda debido a la importante presencia de microorganismos y depósitos acumulados durante años.
Preservar un símbolo para las próximas generaciones
Más allá de recuperar la imagen del Monumento Nacional a la Bandera, el objetivo principal fue detener un proceso de degradación que avanzaba lentamente sobre uno de los patrimonios más importantes de la Argentina.
Cada análisis, cada limpieza, cada junta reconstruida y cada tratamiento protector respondieron a un mismo propósito: preservar el material original y extender su vida útil sin alterar la esencia de la obra.


























