Superávit externo: la buena noticia y la letra chica

El INDEC confirmó un superávit de USD 2.214 millones. Casi todo se explica por volumen exportado, no por precios internacionales.

Argentina cerró el segundo trimestre de 2026 con un superávit de cuenta corriente de 2.214 millones de dólares. Un año atrás, el mismo trimestre había arrojado un déficit de 2.452 millones. La diferencia, 4.666 millones en doce meses, es una de las correcciones más fuertes de la serie reciente.

La cuenta corriente es, en criollo, el resultado de todo lo que el país cobra y paga al resto del mundo por operaciones corrientes: lo que exporta e importa, lo que gasta en turismo y fletes, y lo que gira afuera en intereses y dividendos. Cuando da positivo, el país genera dólares propios. Cuando da negativo, tiene que salir a conseguirlos prestados.

El resultado se explica por un superávit comercial de bienes de 9.293 millones, que alcanzó para absorber el rojo de 6.032 millones en rentas y de 2.102 millones en servicios. Los servicios además mejoraron: el déficit de viajes cayó 225 millones interanual, porque llegaron más turistas extranjeros y viajaron menos argentinos al exterior.

El INDEC descompone la mejora del saldo comercial en dos partes: cuánto se debe a que subieron los precios internacionales y cuánto a que se vendieron más unidades. De los 6.629 millones de mejora, 5.859 corresponden a cantidades y apenas 770 a precios. Casi el 90% de la ganancia es volumen.

El matiz no es técnico, es político. La objeción habitual a cualquier mejora externa argentina es que se trata de un golpe de suerte: subió la soja, sopló el viento a favor y en dos años estamos de nuevo en problemas. Los datos de este trimestre no sostienen esa lectura. Si fuera un shock de precios, el efecto precio dominaría. Que domine el volumen indica otra cosa: hay más petróleo, más gas, más minerales y más granos saliendo del país. Eso no se revierte con una mala cosecha.

Ahora, la otra cara. El déficit de rentas se agravó en 2.466 millones interanual, casi todo por utilidades y dividendos girados por empresas extranjeras. Y la inversión extranjera directa, medida como flujo, fue negativa: las filiales cancelaron deuda con sus casas matrices por más de 2.000 millones en lugar de reinvertir. Parte de eso es normalización, porque durante años el cepo impidió girar y ese stock reprimido se está saldando, pero no alcanza para explicarlo todo. El financiamiento que entró vino por deuda: los no residentes aumentaron 4.933 millones sus tenencias de títulos públicos.

Hay un dato que resume medio siglo de historia económica argentina. La posición de inversión internacional muestra al país como acreedor neto del mundo por 33.860 millones de dólares. Pero abierta por sector, el Estado tiene una posición deudora de 155.443 millones y el sector privado una acreedora de 185.314 millones, de los cuales 268.824 millones son moneda y depósitos. Los argentinos ahorran afuera y el Estado se endeuda afuera. Mientras esa ecuación no se invierta, ninguna mejora externa es del todo tranquila.

Hacia adelante, la tensión es clara. Si el volumen exportado es estructural, el superávit comercial debería sostenerse. Pero la deuda externa llegó a 327.855 millones y sigue creciendo: más deuda hoy son más intereses mañana, y esa cuenta presiona aunque el comercio siga bien. La pregunta que define la sostenibilidad no es cuánto se debe, sino si las exportaciones crecen más rápido que los pagos de renta.

En la antesala de un año electoral, cerrar 2026 con cuenta corriente superavitaria le daría al oficialismo un argumento concreto: que el cambio no es contable sino productivo, y que la minería y la energía son los motores. Los datos de este trimestre respaldan buena parte de esa afirmación. La discusión que viene es si ese motor alcanza para pagar las cuentas que el país todavía arrastra.

 

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