Rosario disputa la batalla decisiva por las inversiones: la ciudad donde menos se traba producir

María Eugenia Schmuck sostiene que la competitividad ya no se juega solo en la macroeconomía, sino en la capacidad de cada ciudad para ofrecer reglas claras, habilitaciones ágiles y suelo productivo planificado

La batalla final para captar inversiones ya no se libra solamente entre países ni entre provincias. Cada vez más, se define en el plano local. En la ciudad concreta donde una empresa decide abrir, ampliar, producir o quedarse. En el tiempo que demora una habilitación. En la claridad de las reglas. En la capacidad del Estado municipal para facilitar o bloquear.

Es una discusión cotidiana en el mundo empresario, aunque muchas veces subestimada por la política. Porque no alcanza con hablar de macroeconomía o de clima de negocios en términos generales si, al momento de invertir, una firma se encuentra con trámites interminables, normativas difusas o cambios de criterio que erosionan cualquier previsibilidad.

María Eugenia Schmuck, presidenta del Concejo Municipal de Rosario, ubica allí uno de los núcleos centrales del debate. Desde el cuerpo legislativo que aprueba las normas que ordenan buena parte de la vida económica de la ciudad, plantea una idea que busca correrse de la discusión abstracta sobre el tamaño del Estado para poner el foco en su funcionamiento real.

“La discusión no es solamente qué hace el Estado, sino cómo lo hace. Si simplifica o complica. Si acompaña o demora. Si genera previsibilidad o incertidumbre”, resume.

En esa lógica, Schmuck pone en valor el rumbo que —según sostiene— viene consolidando la gestión del intendente Pablo Javkin con herramientas concretas orientadas a fortalecer el perfil productivo de Rosario. Entre ellas menciona el Plan Integral de Suelo e Inversiones Productivas, plasmado en la Ordenanza N° 10.139, que combinó reducción del DREI, ordenamiento del suelo industrial e incentivos para quienes invierten y generan empleo genuino.

Los números que exhibe para defender esa orientación son elocuentes: más de 520.000 metros cuadrados de nuevas superficies industriales, 134 establecimientos nuevos y una red que supera las 3.300 unidades activas. A ese proceso se suman además más de 100 hectáreas de parques industriales privados en desarrollo, con capacidad para albergar más de 400 pymes.

La lectura política que surge de esos datos es clara: cuando una ciudad ordena, planifica y ofrece señales consistentes, la inversión aparece. No como resultado de un discurso, sino como consecuencia de reglas de juego más racionales para producir.

Hacia adelante, Schmuck plantea que Rosario debe profundizar esa línea si quiere consolidarse como la ciudad de la región donde más convenga invertir. Y para eso, afirma, no alcanza con medidas aisladas: hace falta institucionalizar un modelo de funcionamiento que premie la previsibilidad y reduzca la fricción entre el sector público y el privado.

Desde ese enfoque, propone avanzar sobre tres ejes: previsibilidad regulatoria, suelo productivo planificado y articulación público-privada sistemática. En otras palabras, construir un esquema en el que el inversor pueda anticipar condiciones, encontrar espacios aptos para radicarse y dialogar con un Estado que detecte a tiempo dónde se frenan los proyectos.

Las mejores reglas nacen del diálogo entre quien regula y quien produce. Necesitamos saber con precisión dónde se traba la inversión y actuar sobre eso”, señala.

En ese marco, también reinterpreta la discusión sobre la autonomía municipal desde una perspectiva menos ideológica y más ligada a la competitividad urbana. “Autonomía no es gastar más. Es ordenar mejor. Cuando discutimos autonomía discutimos, entre otras cosas, si una empresa abre en un mes o en seis meses. Y de esa diferencia dependen el empleo, la inversión y el futuro productivo de Rosario”, afirma.

El planteo conecta con una tendencia cada vez más visible: las ciudades compiten entre sí. No solo por recursos, sino por empresas, talento, innovación y empleo. Y en esa carrera, la eficiencia institucional empieza a pesar tanto como la ubicación geográfica o la escala económica.

Rosario, en ese sentido, cuenta con atributos difíciles de replicar: infraestructura portuaria, conectividad regional, universidades, sistema científico-tecnológico y una matriz productiva diversificada. La discusión, entonces, no pasa tanto por si la ciudad tiene condiciones, sino por si será capaz de convertir esas ventajas en una plataforma efectiva para atraer y sostener inversiones.

Ese es, finalmente, el punto de fondo que Schmuck busca instalar: que la competitividad de una ciudad no depende solo de lo que posee, sino de cómo administra sus activos, cómo regula y qué tipo de vínculo construye con quienes producen.

“Lo que Rosario necesita es consolidarse como la ciudad de la región donde más valga la pena invertir, producir y quedarse. Las ciudades que facilitan, ganan. Y en esa competencia, Rosario tiene todo para liderar.”

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