Por Ernesto Edwards – Filósofo y periodista – @FILOROCKER
Treinta años atrás, por iniciativa del historiador Luis Sánchez, conocimos en Rosario al filósofo español Fernando Savater (Donosti, 1947), con la intención de entrevistarlo para publicar dicha nota, primero en el “Panorama municipal” que dirigía Sánchez, y luego, con una ampliación, en la revista de educación “AulaHoy”.
En esa reunión en la confitería de un céntrico hotel rosarino conversaríamos con Savater, entre otros temas, sobre algunos de sus libros más destacados, que por entonces eran “Ética para Amador”, “Política para Amador” (ambos de 1991) y “El valor de educar” (1997). La charla fue derivando a otras cuestiones, como el fútbol y también la filosofía a través de un objeto cultural como el rock. Hasta que, llevado por mis propias cavilaciones de esos días, terminamos abordando la cuestión de la posmodernidad, su proyecto y sus caracterizadores. Fue en ese último punto que no nos pusimos de acuerdo. Yo insistía con la cultura de la fugacidad, el individualismo y el aislamiento. Y enfaticé acerca de, en general, una notoria falta de solidaridad. Fernando fue terminante: dijo que él, en España, percibía todo lo contrario. Que la gente era enormemente solidaria, tanto desde lo individual como así también a través de diversas instituciones y organizaciones. Me pareció una exageración, pero la autoridad de este gran intelectual inspiraba darle crédito a sus afirmaciones.
Algunos pocos años después me reencontré con Fernando Savater cuando compartimos cartelera, con Alicia Pintus, en un congreso internacional sobre Educación, en Córdoba, 2001. Durante esa semana acostumbrábamos, junto al admirado colega Ezequiel Ander-Egg, a largas caminatas los cuatro, donde discurríamos animadamente sobre problemáticas diversas que se analizaban desde perspectivas de izquierdas y derechas. Fue uno de esos días que volví sobre el mismo tema con Fernando, con la esperanza de que hubiera cambiado de idea. Pero no, insistió con que él, en España, seguía viendo manifiestas muestras de solidaridad.
Fue así que me vi urgido a precisar conceptos, y de tal modo acordamos con Savater en que entendíamos la solidaridad como un valor que implica empatía y compromiso en la decisión de ayudar y apoyar a otros, especialmente a los más vulnerables, en la coincidencia de intereses y necesidades, entendiendo las dificultades del otro, y todo en pro de un objetivo común. Y, claro, sin esperar reconocimientos ni recompensas.
No he vuelto a hablar con Savater. Pero su actitud frente a la vida y su libertad y firme determinación para enfrentar a un poder que considera despótico, al punto de hacerlo echar de su trabajo en el diario “El País” por su postura crítica sobre el gobierno nacional en curso, son un faro para cualquiera que aspire a ser respetado por su independencia de pensamiento.
Este pasado domingo 18 del corriente enero, cerca de las 20 horas, dos formaciones de trenes se encontraron en un fatídico punto de Andalucía. Uno era de la empresa Iryo, que se dirigía de Málaga a Madrid, y la otra era un Alvia de Renfe, en dirección al sur peninsular, desde Madrid a Huelva. Por causas que aún se desconocen los dos últimos vagones de Iryo descarrilaron, con tan mala fortuna que al mismo tiempo, por las vías contiguas, el convoy de Renfe chocó con su máquina y desprendiendo un par de vagones repletos de pasajeros, que terminaron rodando por un talud, desde cuatro metros de altura. La visión inmediata fue horrenda, entre un amasijo de hierros, maletas desparramadas y cuerpos esparcidos, sumado a la desesperación de los que pugnaban por salir y alejarse del desastre, entre conmoción y desesperación.
La tragedia ocurrió a la altura de Adamuz, un pequeño pueblo de 4.000 habitantes, en la provincia de Córdoba. Habían pasado apenas unos pocos minutos cuando algunos de sus vecinos se acercaron a averiguar a que se debió tremendo estrépito. La reacción fue inmediata. El pueblo entero, comunicándose por grupos de whatsapp, fue llegando en numerosos vehículos, ya munidos de agua, comida y mantas, empezando a rescatar a los primeros sobrevivientes y a realizar a ojo el primer triaje. Estaban desde el alcalde hasta el adamuceño más de a pie. Muchos de ellos llevándose a los que podían, rumbo a sus propios domicilios, ofreciéndoles alimentos, baños y calefacción. Era la solidaridad entendida como ayuda inmediata y desinteresada a desconocidos. Desde ese momento, y todas las largas horas que hizo falta, la farmacia, la parroquia, el supermercado, el voluntariado y todos los demás actores, a disposición. Emocionaba verlos a través de la televisión.
Iryo comenzó su participación en la ruta Málaga – Madrid hace poco menos de tres años, rompiendo el monopolio de Renfe, que sumado a la presencia de Ouigo en ese mercado de viajes supone un desgaste mayor de la red vial. Algo que parece no haberse contemplado.
España tiene la segunda red ferroviaria de alta velocidad en el mundo, después de China, sin embargo el mantenimiento de su red parece no estar a la altura. Ya ha quedado descartado que el luctuoso accidente se haya debido a una falla humana: las dos formaciones circulaban a una velocidad inferior a la máxima autorizada. Tampoco hubo errores de señalética. Expertos en el tema anticipan que no se habrían revisado todas las soldaduras del material rodante, según indican los protocolos de seguridad. O sea: o falló el tren o falló la vía.
La investigación oficial podría durar un año. Como sucede con lo que pasó el pasado 28 de abril en gran parte de España, con un apagón general que habría sido consecuencia de una mala política oficial, con un partido gobernante como el PSOE, con Pedro Sánchez como presidente de gobierno manteniéndose en el poder luego de perder las elecciones recientes y asumiendo este período tras pactar sin vergüenza con cualquier sector político que hiciera falta.
No han pasado desapercibidas la postura y actitud de la Radio y Televisión Española (RTVE), que después de décadas de un funcionamiento ejemplar en cuanto a la objetividad de su línea editorial y periodística, bajo la mirada de Sánchez devino en una especie de “6,7,8” español, a pura propaganda oficial, y en este caso apresurándose a defender al oficialismo. Tienen en su estructura lo que llaman el “Verifica RTVE”, con supuestos especialistas contratados para desmentir supuestos “bulos” o fakes news, con la aparente finalidad de dictaminar la falsedad de las noticias. Sin embargo, gran parte de cada jornada está focalizada en atacar a Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, líderes principales del opositor Partido Popular.
Ya lo había anticipado el genial Umberto Eco, el hombre que lo sabía todo, cuando hace más de medio siglo ya advertía sobre las reglas para la manipulación de la información, con tanta demora a la hora de otorgar precisiones y confirmar número de muertos y desaparecidos, que al momento de la redacción de esta nota su número ascendía a 40. Óscar Puente, ministro de transporte, afirmó que lo sucedido fue un “accidente extraño”. Sin embargo, ocho avisos previos de Adif (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) anticiparon numerosas incidencias en la red vial a la misma altura del siniestro. Muchos videos mostraron cómo vibraban los vagones de AVE en ciertos tramos de su recorrido.
Sigo tratando de reflexionar acerca de la solidaridad y por qué me llama la atención esta conmovedora manifestación del ya entrañable y ejemplar pueblo de Adamuz. En 2020, en este mismo medio, publiqué “Estoy pensando en irme”, y aunque luego lo terminaría haciendo, y por motivos varios, entre ellos fue por la peligrosidad de las calles rosarinas en cuanto a violencia e inseguridad, lo que no parece haber mejorado prácticamente nada, con una inmensa urbe de más de un millón de habitantes que hacen una negación de su situación, y que si algo le pasa al vecino automáticamente miran para otro lado.
Probablemente los políticos de la Grecia clásica tenían razón respecto de recomendar que las Polis fueran razonablemente pequeñas, de manera tal que fuese posible que se conocieran entre todos sus habitantes.
Aunque paso momentos de cada calendario en Madrid, la inmensa capital española, donde soy un anónimo más, desde hace cuatro temporadas la mayor parte del año resido en Asturias, recorriendo numerosos pueblitos costeros sobre el mar Cantábrico. Nunca voy al mismo bar a desayunar: el recorrido incluye no más de media docena de confiterías. Sin embargo, ya me he acostumbrado a que las camareras me pregunten: “¿Lo de siempre, Ernesto?”. Y que nunca se equivoquen.


























