La verdadera deuda del sistema educativo

Casi cuatro de cada diez pesos prestados a jóvenes están en mora. La inclusión financiera es un logro; la verdadera falla son las nulas herramientas educativas que reciben para gestionar sus finanzas.

Por Franco Nahuel Pérez Rocca – Coordinador del Área de Investigaciones Sociales y Económicas del Grupo Joven de Fundación Libertad.

Los números hablan por sí solos. En abril de 2026, la mora en los créditos otorgados a la franja de 18 a 21 años trepó al 39,3%. Se duplicó frente al 19,7% del año pasado. Para ponerlo en perspectiva es útil mencionar que el atraso en estos jóvenes es cinco veces mayor que el promedio de todo el sistema financiero.

Según datos presentados en el informe “Educación financiera y endeudamiento juvenil en Argentina”, elaborado por Aramis Turlione, el 37,4% de los jóvenes que tomaron su primer crédito en 2025 terminó en mora: unos 123.000 casos. Nueve de cada diez no tenía empleo formal. El crédito no solo está llegando antes que el primer trabajo, sino que se esfuma en gastos corrientes en lugar de utilizarse para adquirir bienes de capital o herramientas que promuevan su desarrollo personal.

Conviene resistir la tentación de buscar un culpable único. Por un lado, el ingreso se ha visto erosionado a lo largo de los años, generando así, que más de la mitad de quienes se endeudan lo hacen para cubrir alimentos o salud.

Hay otro elemento que está en boga: las apuestas online. El 24% de los adolescentes de 12 a 17 años, según UNICEF y UNESCO, ya apostó dinero. Es un problema real y urgente. Pero los datos muestran algo contraintuitivo. la mora formal es casi igual entre varones y mujeres, mientras que las apuestas están fuertemente masculinizadas. Si el juego fuera el motor principal de la morosidad registrada, esa brecha debería verse en los números de crédito. No aparece. El daño de las apuestas corre por otro canal, deuda informal, prestamistas, aislamiento familiar, más difícil de medir, pero no menos grave.

Lo que sí emerge con claridad es un problema de secuencia. Un adolescente puede abrir su propia cuenta a los 13 años sin autorización de los padres. A esa misma edad, en promedio, arranca con las apuestas. El primer crédito llega entre los 18 y los 21. La educación financiera, cuando llega, lo hace en el último año de la secundaria, si es que llega. Los jóvenes terminan influenciados por publicidades tentadoras de páginas de apuestas y por creadores de contenido con intenciones poco (o muy) claras.

Un dato que es importante no ignorar es que el 75,8% de los estudiantes de 15 años está en el nivel más bajo según el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA). Esto nos hace poner sobre la mesa un debate que parece haber perdido lugar, la educación que le brindamos a las próximas generaciones. Si bien las formas de enseñar, estudiar y trabajar han cambiado, los resultados de las pruebas PISA muestran un panorama desesperanzador no solo en comparaciones con otros países, sino con nuestra propia historia.

En definitiva, democratizar el financiamiento sin democratizar la educación financiera es una trampa. Si no revertimos esta tendencia, corremos el riesgo de hipotecar el futuro de toda una generación. No podemos permitirnos que esas tres cuartas partes de jóvenes con déficits educativos terminen manchando su historial crediticio por desconocimiento, quedando marginados e inhabilitados para tomar crédito el día de mañana. El financiamiento debe ser un motor para adquirir bienes de capital, emprender y lograr una verdadera movilidad social ascendente, no un ancla temprana que los excluya del sistema para siempre

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