Del caucho al puerto y la urea: empresarios están reconvirtiendo sus inversiones y cambiando el mapa productivo

La decisión de Pampa Energía de cerrar su planta de caucho sintético en Puerto General San Martín y, al mismo tiempo, avanzar con una inversión de US$2.700 millones en fertilizantes y analizar un nuevo puerto en Timbúes expone una tendencia más amplia: capitales que salen de negocios que perdieron competitividad y se trasladan hacia energía, infraestructura, minería, agroindustria y exportaciones.

La economía argentina está atravesando un proceso de reasignación de capital. Mientras algunas actividades industriales pierden inversiones, plantas y empleo frente a la caída de la demanda interna o la competencia importada, grandes grupos empresarios están destinando miles de millones de dólares a sectores vinculados con los recursos naturales, la infraestructura, la energía y la generación de divisas.

El caso de Marcelo Mindlin y Pampa Energía resulta particularmente ilustrativo. En julio, la compañía anunció el cierre de su producción de caucho sintético en el Complejo Petroquímico de Puerto General San Martín, una operación que llevaba años con pérdidas y que quedó severamente afectada por la caída del mercado local de neumáticos. La medida alcanzó inicialmente a unos 130 trabajadores, aunque el proceso posterior derivó en retiros voluntarios y reubicaciones.

Pero casi en simultáneo con ese repliegue industrial, el mismo grupo está desplegando una de las mayores ofensivas inversoras de los últimos años en la Argentina.

Cerrar una fábrica para construir otra economía

El contraste es fuerte: una planta industrial deja de producir un insumo para el mercado interno mientras Pampa Energía proyecta convertirse en uno de los principales jugadores regionales del negocio de fertilizantes.

La compañía anunció una inversión de US$2.700 millones para construir en Bahía Blanca una planta de urea granulada con capacidad para producir 2,1 millones de toneladas anuales. El complejo utilizará gas de Vaca Muerta como materia prima y está previsto que comience a operar hacia fines de 2029.

El proyecto fue incorporado al RIGI y contempla más de 3.500 empleos durante la construcción y unos 300 puestos permanentes una vez que la planta entre en funcionamiento. Pampa estima, además, que la producción podría generar alrededor de US$1.000 millones anuales entre sustitución de importaciones y exportaciones.

La lógica empresarial es diferente a la que predominó durante décadas: no solamente extraer un recurso, sino industrializarlo, agregarle valor y conectarlo con mercados externos.

La urea es, en este caso, gas natural convertido en un insumo estratégico para el agro. Brasil, que importa entre 7 y 8 millones de toneladas anuales de urea, aparece como uno de los principales mercados potenciales.

Y ahora aparece Timbúes

La estrategia incluso podría tener una pata logística en Santa Fe. Pampa Energía analiza construir un nuevo megapuerto en Timbúes, cuyos primeros lineamientos ya habrían sido presentados ante el gobierno provincial. La eventual terminal se ubicaría junto al proyecto portuario que desarrolla Terminales y Servicios (TYS).

La iniciativa tendría relación con la futura producción de urea de Bahía Blanca y con la necesidad de acercar ese fertilizante al principal núcleo agrícola del país. Un puerto propio en el área de Timbúes permitiría fortalecer la conexión logística con la región productiva del centro argentino.

De concretarse, el movimiento tendría una particularidad: el mismo grupo que acaba de abandonar una línea industrial en Puerto General San Martín podría volver a ampliar su presencia en el Cordón Industrial, pero desde otro negocio y con otra lógica productiva.

Es decir, no se trata simplemente de cerrar una fábrica y abrir otra. Se trata de cambiar el destino del capital.

El nuevo mapa de inversiones de Mindlin

El fenómeno se entiende mejor cuando se observa el mapa completo del grupo. Pampa Energía está destinando más de US$4.500 millones al desarrollo de Rincón de Aranda, en Vaca Muerta, con el objetivo de llevar la producción del área desde unos 27.000 barriles diarios hasta 45.000 durante 2027.

A través de TGS, el grupo participa de la ampliación del gasoducto Perito Moreno, con una inversión de US$700 millones, y proyecta otros US$3.000 millones para infraestructura destinada al procesamiento y exportación de líquidos del gas natural en Bahía Blanca.

También participa del Oleoducto Vaca Muerta Sur, una obra estimada en US$3.000 millones, y forma parte de Southern Energy, el proyecto destinado a exportar gas natural licuado.

Y este año sumó una pieza que excede a la energía: Loma Negra, la principal cementera argentina, adquirida junto con fondos de inversión. La apuesta detrás de esa operación es que la expansión de la energía, la minería y la infraestructura genere una demanda creciente de cemento y otros insumos estratégicos.

En total, según el relevamiento publicado por LA NACION, Mindlin acumula unos US$15.000 millones de inversiones directas e indirectas comprometidas entre sus diferentes negocios.

Una economía que empieza a mover el capital

El caso resulta interesante porque permite observar una transformación que excede a una empresa.

Durante años, buena parte de la industria argentina estuvo orientada hacia el mercado interno. En ese esquema, sectores como el automotor, neumáticos, petroquímica, consumo masivo o manufacturas dependían fundamentalmente de la demanda doméstica y de determinadas condiciones de protección.

Ahora aparece otra lógica. Los capitales buscan actividades capaces de aprovechar recursos argentinos abundantes, producir a escala, sustituir importaciones o generar exportaciones.

Vaca Muerta es el ejemplo más evidente. El aumento de la producción de petróleo y gas está creando un excedente energético que obliga a buscar nuevos destinos: exportaciones, petroquímica, fertilizantes, generación eléctrica, infraestructura y GNL.

El proyecto de Pampa para producir urea encaja exactamente en esa estrategia: convertir gas natural en un producto industrial de mayor valor.

Según un análisis presentado recientemente en un summit energético, el desafío argentino ya no sería solamente aumentar la producción de gas, sino encontrar nuevas formas de monetizarlo y agregarle valor.

El fenómeno tiene ganadores y perdedores

Esta transformación, sin embargo, no es neutra. Cuando el capital se desplaza de un sector hacia otro, algunas regiones y actividades pierden protagonismo mientras otras comienzan a concentrar inversiones.

El cierre de la planta de caucho en Puerto General San Martín muestra el lado menos visible de la reconversión: una actividad industrial deja de ser considerada viable y la producción nacional de ese insumo pasa a depender de las importaciones.

Del otro lado aparecen proyectos como Rincón de Aranda, la planta de urea, los gasoductos, las terminales portuarias y las obras vinculadas con Vaca Muerta, que requieren enormes desembolsos y apuntan a mercados internacionales.

La Argentina no necesariamente está dejando de invertir: está cambiando dónde invierte. Ese desplazamiento puede generar una economía con mayor capacidad exportadora y más infraestructura, pero también plantea el desafío de qué ocurrirá con aquellas industrias que no logren competir en el nuevo escenario.

El caso Mindlin como símbolo

La trayectoria empresarial de Mindlin resume, de alguna manera, esa transformación.

Su recorrido comenzó en el sector inmobiliario, pasó por electricidad y distribución energética, luego incorporó petróleo y gas, construcción e infraestructura y ahora suma fertilizantes y cemento. En los últimos años, el empresario profundizó su apuesta por actividades relacionadas con grandes proyectos de inversión.

La aparición de Loma Negra completa una lógica: si la Argentina va a construir oleoductos, gasoductos, plantas industriales, infraestructura minera y proyectos energéticos, también necesitará cemento, acero, transporte, logística y servicios.

Por eso, la nueva inversión no necesariamente está llegando a los sectores que históricamente fueron los grandes motores de la industria argentina.

Está llegando a los sectores que los empresarios consideran capaces de capturar el próximo ciclo de crecimiento.

Y en ese nuevo mapa, Vaca Muerta, los puertos, el agro, la minería, la energía y la infraestructura aparecen cada vez más conectados.

El eventual megapuerto de Timbúes es, en ese sentido, mucho más que un proyecto portuario. Es otra señal de hacia dónde puede estar desplazándose el capital privado: de producir para un mercado interno deprimido a construir infraestructura para conectar recursos argentinos con cadenas productivas y mercados globales.

La gran incógnita es si esa reconversión conseguirá generar suficiente empleo industrial, proveedores locales y valor agregado para compensar las actividades que pierden competitividad en el camino. Esa será una de las discusiones económicas centrales de los próximos años.

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