El eje que no se rompe: Argentina, Brasil y la resiliencia del comercio agroindustrial

En medio de la pandemia, guerras, devaluaciones y roces diplomáticos, el vínculo comercial entre los dos gigantes del Cono Sur demostró ser más fuerte que los vaivenes de la política.

Una relación más grande que sus líderes

Pocas combinaciones de nombres ilustran la turbulencia política latinoamericana reciente que la de Fernández, Bolsonaro, Lula y Milei. Cuatro líderes que representan proyectos ideológicos completamente contrapuestos que se alternaron en la Casa Rosada y el Palácio do Planalto en un lapso de apenas cinco años. Sus choques fueron públicos, sus diferencias ideológicas notorias, y en más de una ocasión la relación bilateral entre Argentina y Brasil llegó a zonas de tensión inusuales, incluyendo un impasse diplomático sin precedentes antes de que Javier Milei asumiera formalmente la presidencia en diciembre de 2023. Y sin embargo, el comercio siguió fluyendo.

Entre 2020 y 2025, el comercio entre Argentina y Brasil prácticamente se duplicó: pasó de unos 16.600 millones de dólares a una proyección cercana a los 32.000 millones. Todo esto ocurrió en cinco años en los que no faltaron golpes: una pandemia, guerras en Europa, sequías devastadoras en el campo argentino y una crisis económica doméstica de gran magnitud. En ese mismo período, las ventas argentinas de productos del agro hacia Brasil crecieron un 144%: de 1.320 millones de dólares en 2020 a más de 3.200 millones en 2024.

Esos números dicen algo más que lo que parece a primera vista: como sostienen Keohane y Nye, cuando dos países alcanzan un nivel profundo de interdependencia, el costo de romper el vínculo se vuelve tan alto que ningún gobierno (sin importar su tinte ideológico) puede pagarlo sin consecuencias graves para su propia economía.

Shocks externos, resiliencia estructural

El comienzo de esta etapa estuvo marcado por profundas dificultades. En 2020, la pandemia paralizó economías enteras, cerró fronteras y rompió las cadenas de producción globales. Argentina fue especialmente golpeada: su economía se contrajo casi un 10% ese año, y el comercio con Brasil tocó su punto más bajo del período. Todo indicaba que vendría una larga recuperación.

No fue así. En 2021, cuando se reabrieron las economías, las ventas agroindustriales argentinas a Brasil dieron un salto del 79% en apenas doce meses. Fue una señal clara: la demanda entre ambos países estaba latente, esperando la primera oportunidad para reactivarse.

Luego llegó la guerra. La invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 sacudió los mercados mundiales de alimentos y granos. Rusia y Ucrania son dos de los mayores proveedores mundiales de trigo, maíz y aceites, y su conflicto disparó los precios internacionales de esos productos. Para Argentina y Brasil (los dos exportadores agroindustriales más importantes de América del Sur) eso significó una oportunidad: sus ventas al exterior se volvieron más rentables. Ese mismo año, el comercio bilateral alcanzó su pico intermedio del período con casi 30.000 millones de dólares, y las exportaciones del MERCOSUR en conjunto superaron en un 44% los niveles previos a la pandemia.

El año 2023, en cambio, acumuló problemas. Una sequía histórica en la región del Río de la Plata arrasó con gran parte de las cosechas de soja, maíz y trigo argentino, y las ventas agroindustriales hacia Brasil cayeron casi un 7%. Al mismo tiempo, en diciembre de ese año, el nuevo gobierno argentino aplicó una devaluación abrupta del peso (el valor de la moneda se redujo a la mitad de un día para otro), lo que sumó más incertidumbre a un panorama ya complicado.

Sin embargo, el rebote llegó rápido. En 2024, con las lluvias normalizadas y el campo recuperado, las exportaciones agroindustriales volvieron a crecer casi un 17%. Y la diferencia entre lo que Argentina le compra a Brasil y lo que le vende (su déficit comercial) se achicó drásticamente: de casi 4.700 millones de dólares en 2023 a apenas 308 millones en 2024, el nivel más bajo de todo el período.

Lo que este recorrido revela no es la ausencia de volatilidad, sino que las perturbaciones más severas sobre el comercio bilateral tuvieron origen en factores climáticos y macroeconómicos, no en conflictos políticos entre gobiernos.

Cuando la política choca con la interdependencia

La convivencia entre Alberto Fernández y Jair Bolsonaro entre 2020 y 2022 fue en lo simbólico uno de los momentos más fríos de la relación bilateral en décadas. No hubo visitas presidenciales recíprocas, proliferaron las críticas cruzadas, y la coordinación en los foros regionales fue escasa. El regreso de Lula al poder en enero de 2023 generó expectativas de reencuentro: el nuevo presidente brasileño hizo del multilateralismo y del MERCOSUR los ejes de su política exterior, y la cumbre del bloque en Puerto Iguazú de ese año parecía inaugurar un nuevo ciclo de cooperación.

Sin embargo, el impulso inicial hacia una mayor cooperación se desvaneció rápidamente. La llegada de Milei a la presidencia argentina en diciembre de 2023 volvió a tensionar el vínculo, con declaraciones públicas que llevaron la relación a su momento más conflictivo del período. Brasil, debido a su enorme peso económico como principal socio dentro del MERCOSUR y segundo destino global de las exportaciones argentinas detrás de China, constituía un aliado indispensable para la administración de Milei. Bajo esta estructura, el gobierno argentino difícilmente podía permitirse un distanciamiento, fundamentalmente en una coyuntura que exigía un sólido respaldo internacional para asegurar el acceso al financiamiento externo.

Y aquí emerge uno de los hallazgos más relevantes del período: la disociación entre el plano político y el plano comercial. En 2024, Argentina envió el 17% de sus exportaciones totales a Brasil y originó en ese país el 23% de sus importaciones. Las tensiones diplomáticas, por muy intensas que fueran, no se tradujeron en represalias comerciales ni en rupturas de los flujos de mercadería.

¿Por qué? En parte, porque la interdependencia económica genera costos que ningún gobierno está dispuesto a asumir por razones puramente ideológicas. Además, porque los canales técnicos y diplomáticos del MERCOSUR siguieron funcionando como amortiguadores institucionales, preservando la relación comercial más allá de los vaivenes presidenciales. El bloque, creado en 1991 y a menudo criticado por su lentitud y sus bloqueos internos, demostró en este período cumplir una función que suele subestimarse: preservar los canales operativos cuando los jefes de Estado interrumpen su diálogo directo.

Un dato confirma esta lectura: cuando se analizan las variables del período, la influencia de las devaluaciones del peso argentino sobre el flujo de exportaciones agroindustriales fue sorprendentemente acotada. Las economías de Argentina y Brasil se mueven, en este sector, al ritmo de su interdependencia estructural más que al de las decisiones coyunturales de sus gobiernos.

El desafío de construir sobre lo que funciona

El período 2020-2025 cierra con una señal que no debería pasar desapercibida: en enero de 2024, el MERCOSUR y la Unión Europea cerraron el acuerdo económico que durante más de veinticinco años de negociaciones había permanecido esquivo. El cierre de ese acuerdo se firmó en Asunción, Paraguay, y representa un hito para la inserción internacional de la región, particularmente, para el sector agroindustrial de Argentina y Brasil, que accedería al mayor mercado del mundo.

Pero el acuerdo también expone los desafíos pendientes. El MERCOSUR enfrenta tensiones internas persistentes sobre su propio modelo de integración: Uruguay, Brasil y Paraguay demandan mayor flexibilidad para negociar acuerdos comerciales de forma individual, mientras que Argentina aboga por preservar la unión aduanera como principio estructural del bloque. La arquitectura institucional necesita ser modernizada para enfrentar un escenario internacional que cambia con velocidad creciente.

Lo que los datos de los últimos cinco años muestran con claridad es que la interdependencia económica entre Argentina y Brasil no es un accidente ni una creación política: es el resultado de décadas de integración comercial que ha generado vínculos lo suficientemente profundos como para resistir las tormentas. El eje Buenos Aires – Brasilia es hoy el más importante de América del Sur, no solo por los volúmenes que moviliza, sino porque define, en buena medida, la salud del proyecto de integración regional.

La pregunta que deja abierta este período no es si Argentina y Brasil pueden sobrevivir a sus diferencias políticas (ya demostraron que sí pueden), sino si sus líderes están dispuestos a construir sobre esa base de interdependencia una relación estratégica a la altura de lo que ambos países necesitan en un mundo que se reorganiza. La resiliencia del comercio agroindustrial es el piso. Lo que venga después depende de decisiones que aún están por tomarse.

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