Un nuevo corte total en la autopista Rosario–Buenos Aires, a la altura del ingreso a la ciudad, reavivó una problemática que se repite con frecuencia y que expone una tensión cada vez más evidente entre el derecho a la protesta y el impacto sobre la circulación en corredores estratégicos.
La medida, impulsada por la Corriente Clasista y Combativa (CCC) junto a otras organizaciones sociales, interrumpió completamente el tránsito en ambas manos y también afectó la bajada de Circunvalación, obligando a desviar la circulación por la A012 y el denominado camino de Cargill. Se trata de vías alternativas que no están preparadas para absorber el volumen de tránsito que normalmente canaliza la autopista, especialmente en horarios de alta circulación.
El problema no es menor. Por este corredor no solo circulan vehículos particulares: miles de camiones lo utilizan a diario para acceder a los puertos del cordón industrial, una de las zonas logísticas más importantes del país. Los desvíos forzados hacia rutas secundarias generan cuellos de botella, maniobras riesgosas y un aumento significativo en la probabilidad de siniestros viales.
En ese contexto, la falta de previsión y de dispositivos de ordenamiento del tránsito agrava aún más la situación. Conductores que desconocen los caminos alternativos, transporte pesado circulando por trazas no preparadas y demoras prolongadas conforman un escenario que dista de ser seguro.
Sin poner en discusión la legitimidad de los reclamos —vinculados al empleo, la asistencia social y el salario mínimo—, lo cierto es que el método elegido vuelve a impactar de lleno sobre terceros que nada tienen que ver con el conflicto. Transportistas, trabajadores y particulares quedan atrapados en una situación que altera su rutina y, en muchos casos, pone en riesgo su integridad.
La reiteración de este tipo de medidas sobre arterias clave plantea la necesidad de repensar mecanismos de protesta que no comprometan la seguridad vial ni paralicen circuitos productivos esenciales. Porque cuando el corte es total en una autopista de esta magnitud, el problema deja de ser solo tránsito: se convierte en un factor de riesgo para toda la región.




























