Elecciones en Brasil, ¿oportunidad para Argentina?

Para la economía argentina, el balotaje del 25 de octubre no es un evento político ajeno. El resultado electoral brasileño puede afectar a la Argentina por tres vías: la competitividad, la demanda externa y las condiciones de financiamiento regional.

Por Aldana Fina – Miembro del Área de Asuntos Internacionales del Grupo Joven Fundación Libertad

Tras la primera vuelta, en la que Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos frente al 45,16% de Luiz Inácio Lula da Silva, los mercados financieros respondieron con optimismo inmediato: el índice Bovespa subió un 8% y el Real se apreció un 4,5% frente al dólar. El movimiento evidencia una apuesta de los inversores por rumbo pro-mercado. Goldman Sachs proyecta a corto plazo un dólar a 4,5 reales si gana Bolsonaro frente a 5,8 reales si gana Lula.

Si el real se aprecia frente al peso, y los precios locales no aumentan en la misma proporción, los bienes nacionales se abaratan en términos relativos al bajar nuestros costos medidos en reales. Es una ganancia de competitividad cambiaria que llega “de afuera”, sin necesidad de que el BCRA devalúe. No obstante, depende de que la apreciación brasileña se sostenga y se transforme en un cambio permanente de expectativas.

Un real fuerte también significa un Brasil más caro para los turistas argentinos, lo que puede alivianar la siempre deficitaria balanza de servicios.

La ponderación del comercio bilateral representa cerca del 32% del Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral de Argentina. Un real fuerte eleva el índice y amortigua las presiones de depreciación sobre el peso ante el alza de tasa de la Reserva Federal.

A pesar de la independencia formal del Banco Central de Brasil (BCB), el país enfrenta un problema fiscal, con un déficit financiero cercano al 10% del PBI. La causa principal no es el resultado primario (-0,7% del PBI), sino la carga de intereses de su deuda pública nominada en reales. Una tasa de referencia de política monetaria (Selic) del 13,75% hace que financiarla sea extremadamente costoso para el estado. Con proyecciones inflacionarias que rondan el 4,22% según el FMI, es una de las tasas reales más altas del mundo.

Si el balotaje convalida un rumbo de austeridad, una mayor confianza en la disciplina fiscal podría dar margen para que el BCB flexibilice la política monetaria y reduzca la tasa Selic. Esto abarataría el crédito interno, acelerando su actividad y traccionando una mayor demanda de bienes argentinos. Además, un real más fuerte incrementa su poder de compra. Aun así, la relación no es lineal. El ajuste fiscal puede reducir el riesgo si resulta creíble, pero también podría moderar el consumo y la inversión en el corto plazo, debilitando las importaciones.

De todos modos, la competitividad no es un fenómeno meramente cambiario. Depende de factores estructurales como impuestos, logística y costos de financiamiento. Mientras las empresas brasileñas se apalancan a tasas internacionales con piso bajo gracias a un EMBI mínimo (170 pb), las argentinas enfrentan un costo base de capital mayor que erosiona los márgenes de rentabilidad. Por eso, una ventaja cambiaria puede favorecer las ventas de corto plazo pero no resuelve las restricciones que limitan la inversión e impiden mejorar la productividad a largo plazo.

Los mercados emergentes suelen moverse por bloques: cuando mejora la percepción de riesgo en una economía grande como Brasil, se genera un clima de alivio en toda la región. Los inversores globales desarman posiciones defensivas y aumentan su exposición a América Latina, inyectando liquidez. Esto tracciona la suba de los bonos soberanos locales y ayuda a consolidar la baja de nuestro riesgo país. Pero sería un error confundirlo con una mejora estructural de la solvencia argentina. Si las instituciones, las cuentas públicas y las reglas de juego locales no generan confianza propia, el alivio externo puede revertirse rápidamente.

En definitiva, no alcanza con mirar el valor del real. Confundir una ventaja cambiaria transitoria con productividad propia es un error recurrente. No se puede ganar competitividad esperando la devaluación del peso o la apreciación de la moneda vecina. El escenario externo puede abrir una ventana de oportunidad, pero aprovecharla depende de lo que la economía argentina sea capaz de generar puertas adentro.

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