La producción de carnes en la Argentina atraviesa uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas. El inicio de 2026 encuentra al sector sumido en una dinámica de cierres de plantas, suspensiones de personal, conflictos laborales y balances en rojo que golpean tanto a grandes jugadores como a empresas regionales. Avícolas, frigoríficos vacunos y procesadores porcinos enfrentan un escenario común: menos ventas, mayores costos y escaso margen financiero para sostener la actividad.
Uno de los casos más visibles es el de Granja Tres Arroyos, la principal productora avícola del país, que volvió a quedar en el centro de la escena tras los conflictos salariales registrados en su planta de Pilar. La empresa arrastra dificultades desde 2023, cuando los brotes de gripe aviar provocaron el cierre del mercado chino y la pérdida de exportaciones por unos 160 millones de dólares. A ese golpe se sumaron nuevas restricciones sanitarias en 2024 y una fuerte reducción del volumen exportado, que terminó afectando la estructura operativa del grupo. El cierre de la planta Becar, en Concepción del Uruguay, y las versiones sobre un posible apagado de La China reflejan la profundidad de la crisis.
En el negocio de la carne vacuna, el deterioro no es menor. El frigorífico Pico, propiedad del empresario Ernesto “Tito” Lowenstein, pasó de ser un actor relevante a reducir drásticamente su nivel de faena en cuestión de meses. La planta pampeana hoy opera a una mínima fracción de su capacidad, acumula deudas millonarias con bancos y productores ganaderos y mantiene a cientos de trabajadores suspendidos. El derrumbe de las exportaciones, especialmente hacia China —principal destino de la carne argentina—, fue determinante para acelerar el colapso financiero de la compañía.
El mismo patrón se repite en otros establecimientos del rubro, como Euro, en Santa Fe, donde los trabajadores llevan meses sin cobrar sus salarios, y Bernasconi, en La Pampa, que aplicó despidos masivos mientras busca una salida a través del ingreso de capitales extranjeros. En todos los casos, la combinación de menor actividad, caída de ingresos y falta de financiamiento termina derivando en conflictos laborales cada vez más visibles.
Detrás de estas situaciones puntuales se esconde una crisis estructural. Según datos sectoriales, al menos diez plantas frigoríficas redujeron o frenaron su actividad durante 2025. Las exportaciones de carne vacuna cayeron cerca de un 7% interanual, mientras que la faena retrocedió alrededor del 15% en diciembre pasado. En paralelo, el consumo interno sigue en niveles históricamente bajos: el promedio per cápita ronda los 42 kilos anuales, reflejo del deterioro del poder adquisitivo de los hogares.
A este cuadro se suma el impacto de las importaciones. El ingreso de carne vacuna desde Brasil se duplicó en un año y podría alcanzar un récord de 120.000 toneladas en 2026, presionando aún más sobre los márgenes de los frigoríficos locales. En el segmento porcino, la llegada de cortes importados —especialmente bondiola— también golpea la rentabilidad de los productores, que ya enfrentan subas en los costos de alimentación y engorde.
Con ventas en baja, costos laborales en alza, financiamiento restringido y una competencia externa cada vez más fuerte, la industria de la carne enfrenta un desafío de fondo: sobrevivir en un contexto económico inestable y con reglas de juego en permanente cambio. Mientras tanto, el riesgo de nuevos cierres y pérdidas de empleo sigue latente, y el sector arranca 2026 con más incertidumbre que certezas.

























