En el barrio Abasto de Rosario, lejos de los carteles luminosos y del ritmo acelerado de los restaurantes tradicionales, funciona Hambriento Cocina, un proyecto gastronómico a puertas cerradas que propone volver a lo íntimo. Con apenas 10 cubiertos por noche, un menú de 8 pasos y reservas que se agotan con meses de anticipación, la experiencia se construye desde la cercanía y el cuidado extremo del detalle.
Detrás de la propuesta están Virginia Rosa y Gustavo Martínez, pareja en la vida y en la cocina desde hace más de 20 años. Se conocieron en la escuela de cocina del restaurante Rich, trabajaron juntos en cocinas de alto nivel —desde el hotel Llao Llao hasta el restaurante de Martín Berasategui en España— y, en plena pandemia, abrieron las puertas de su casa para compartir lo que mejor saben hacer. Lo que nació como algo pequeño y casi improvisado, con el tiempo se transformó en una referencia.
“Cuando empezamos Hambriento, la idea era hacerlo solo por un tiempo… Hoy sabemos que no fue un plan B. Fue el camino que tenía que ser”, cuentan. Ese recorrido, construido plato a plato y servicio a servicio, terminó de consolidarse en 2025, cuando fueron distinguidos como Cocineros de la Ciudad de Rosario y llegaron a la final del Prix Baron B – Édition Cuisine, uno de los premios gastronómicos más importantes del país.
“No lo vivimos como un premio individual, sino como un abrazo a todo lo construido durante años”, explican.
La propuesta de Hambriento se apoya en una gastronomía de autor, cercana y con identidad propia, con fuerte anclaje en el territorio del Litoral. Los menús cambian según la temporada y el producto disponible, con proveedores locales y una mirada sensible sobre la memoria y el paisaje. Cada cena es un recorrido pensado como experiencia, donde el comensal se deja sorprender y el menú se revela paso a paso.
“Cada plato que sale de la cocina de Hambriento es el resultado de muchas horas que no se ven: pruebas, fallos, ajustes, intuición y oficio”, resumen. La cocina y el salón están a cargo de ellos mismos, reforzando el vínculo directo con quienes se sientan a la mesa y transformando cada cena en una invitación más que en un servicio.
El espacio también acompaña esa idea: funcional, cálido y sin artificios, diseñado para potenciar la experiencia gastronómica. Velas, tiempos pausados, vinos de bodegas boutique y un clima que invita a quedarse un rato más.
“Hay mesas que guardan secretos, risas, palabras que no se dicen pero se sienten”, describen desde el proyecto.
“En Hambriento celebramos eso… los encuentros que dejan huella”.
Las cenas a puertas cerradas, como formato, recuperan una lógica casi olvidada: la del anfitrión que recibe en su casa. No hay público espontáneo ni carta fija. Hay reserva previa, menú cerrado y una relación directa entre quien cocina y quien come. En un contexto donde la gastronomía se volvió más estandarizada, estas experiencias aparecen como una respuesta: menos cantidad, más sentido.
“Nos mueve el deseo de hacer algo simple y bien hecho. Con tiempo, con ganas, con la cabeza y el corazón puestos ahí”, afirman. Y esa filosofía se percibe en cada detalle.
Hoy, Hambriento Cocina funciona jueves, viernes y sábados, siempre con reserva previa. Más que un restaurante, es una casa que se abre, una mesa compartida y una experiencia que confirma que la autenticidad —cuando es honesta— siempre encuentra su lugar.

























