Por Joaquín Broda – Miembro del área de Investigaciones Socieconomicas del Grupo Joven Fundación Libertad
El boom exportador.
En 2025, Argentina exportó bienes por US$87.077 millones, un crecimiento del 9,3% respecto del año anterior y se prevé según estimaciones realizadas por CEPAL que esa cifra supere los US$100.000 millones para 2026, es decir un nuevo incremento del 15%. Por otro lado el sector energético ofrece perspectivas de expansión: según proyecciones de YPF, el desarrollo de infraestructura para evacuar petróleo de Vaca Muerta podría generar exportaciones cercanas a US$15.000 millones anuales hacia 2030. A su vez, los proyectos aprobados bajo el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) ya representan inversiones confirmadas por aproximadamente US$56.200 millones, principalmente en sectores como petróleo, gas y minería. Aunque estas cifras no implican que todas las inversiones se concreten ni que las proyecciones se cumplan íntegramente, permiten dimensionar la transformación en marcha. El país parece encaminarse, así, hacia una estructura productiva más orientada a los mercados internacionales.
El costo de la transición.
El desafío de una transformación productiva no reside únicamente en qué sectores crecerán y cuales desaparecerán, sino también en qué sucede durante el proceso. Una economía puede ganar competitividad y ampliar sus exportaciones en el largo plazo, pero eso no garantiza que los beneficios lleguen a tiempo para compensar los costos del cambio.
El primer desfase es temporal: mientras algunas empresas reducen su producción o cierran ante una mayor competencia, las nuevas inversiones en energía, minería y sectores derivados requieren años para desarrollarse y generar empleo. Los puestos que desaparecen hoy no necesariamente son compensados de inmediato por los que surgirán mañana.
A esto se suman los desfases laborales y geográficos. Las nuevas actividades demandan capacidades específicas que no siempre poseen los trabajadores desplazados y, además, suelen localizarse en regiones distintas de aquellas donde se pierden empleos. La reconversión requiere capacitación, tiempo y, en ocasiones hasta reubicación.
Esto no significa que la apertura comercial necesariamente destruya empleo en términos netos, sino que los beneficios derivados de una transformación productiva no garantizan que todos puedan adaptarse ni que sus costos sean transitorios. Entre las actividades que pierden competitividad y las que impulsan el crecimiento existe un puente que no se construye automáticamente ni de un día para otro.
Casos de éxito y fracaso.
Australia ofrece un antecedente interesante: entre 1984 y 2000, el empleo manufacturero pasó del 18,4% al 12,6% del empleo total, mientras que la producción industrial creció en términos reales. Es decir, la economía pudo producir más con una participación laboral menor en la industria, en un contexto de apertura y transformación productiva. Sin embargo, la reconversión no fue automática, entre 1981-82 y 1992-93 el empleo manufacturero cayó cerca de un 25%.
Nueva Zelanda también liberalizó su economía desde 1984, reduciendo la protección comercial, los subsidios y la intervención estatal. El proceso estuvo acompañado por una prolongada etapa de estancamiento y un desempleo que alcanzó aproximadamente el 11% en 1991. La recuperación llegó en 1993 y 1994, con crecimientos del PBI del 5,6% y el 6,2% del PIB, manteniéndose cifras de crecimiento equivalentes por más de una década.
Argentina, por su parte, ofrece un ejemplo de una mal lograda transición con altos costos sociales.
Durante la convertibilidad la desocupación urbana pasó del 12,4% en octubre de 1998 al 13,8% en 1999 y al 14,7% en 2000, hasta alcanzar el 18,3% en octubre de 2001. Estos resultados no pueden atribuirse exclusivamente a la apertura comercial (también incidieron la recesión, la paridad cambiaria y los desequilibrios macroeconómicos).
Estas experiencias muestran que la transformación productiva puede generar costos laborales persistentes y que el rumbo económico, por sí solo, no garantiza una transición ordenada.
La importancia de la articulación.
El desafío, entonces, no consiste en frenar la transformación productiva ni en sostener artificialmente actividades que no son competitivas, sino en facilitar la adaptación de la economía a las nuevas condiciones. En este proceso, el Estado debe cumplir un rol de articulador, removiendo obstáculos a la inversión, incentivando la inversión en infraestructura, promoviendo la capacitación y facilitando la movilidad de los trabajadores hacia los sectores más productivos.
Por eso, no se trata de reemplazar las decisiones del mercado ni de garantizar la supervivencia de cada empresa, sino de crear las condiciones para que los recursos puedan reasignarse con mayor eficiencia.
Una economía más abierta y competitiva puede generar nuevas oportunidades, pero aprovecharlas requiere que trabajadores y empresas cuenten con herramientas para adaptarse.
La apertura y la competencia pueden ser motores de crecimiento, pero la manera en cómo se realiza la reconversión importa. El objetivo no debe ser evitar todo costo del cambio, algo imposible, sino reducir aquellos que pueden prevenirse y evitar que la falta de adaptación convierta una oportunidad de crecimiento en una fuente de exclusión social. El éxito de la transformación argentina dependerá no solo de su capacidad para atraer inversiones y exportar más, sino también de cómo logre transitar el camino hacia esa nueva estructura productiva.
Fuentes:
- INDEC — Intercambio Comercial Argentino. Cifras estimadas de enero de 2026.
- YPF — Reporte de Sustentabilidad 2024.
- IIEP-UBA — Monitor de Proyectos RIGI (actualización del 9 de octubre de 2026).
- OCDE — Estudios Económicos de la OCDE: Argentina 2019.
- Reserve Bank of Australia — The Manufacturing Sector: Adapting to Structural Change (2001).
- Reserve Bank of Australia — International Trade and the Australian Labour Market (1994).
- Reserve Bank of New Zealand — New Zealand’s Remarkable Reforms (1996).
- INDEC — Encuesta Permanente de Hogares (EPH): evolución de las tasas de actividad, empleo y desocupación, 1980-2001.



























