Cristina, Springfield y el silencio de Los Simpson

Por Ernesto Edwards

Filósofo y periodista

@FILOROCKER

 

No parece novedoso referirse a Los Simpson como un objeto cultural pasible de análisis e interpretaciones diversas, toda vez que desde este cómic televisivo de animación nunca se apuntó a que fuese sólo un entretenimiento destinado a los más pequeñitos. Matt Groening, su creador, en 1987 los concibió como cortos que hacían un abordaje satírico de la sociedad norteamericana que focalizaba en la cotidianeidad de una disfuncional familia estadounidense, afincada en la incomprobable ciudad de Springfield. Ya como serie, en diciembre de 1989, comenzarían sucesivas temporadas de inigualable éxito de aceptación, rating y críticas, con sus primeros ocho años elaborando y desarrollando personajes arquetípicos, cada uno representando paradigmas diversos, siempre ajustados a una realidad que parecía desopilante y delirante, aunque la mirada fina pusiera en evidencia que se estaba tratando de un mundo concreto, y finalmente, creíble.

Con Homero, el entrañable y muchas veces despreciable jefe de familia. Marge, la impredecible madre. Bart, el díscolo hijo de diez años (quizás el protagonista de la serie), Lisa, la inteligente y especial hija del medio. Y la simpática bebé Maggie. Pero la galería de personajes secundarios no es menos importante. Entre ellos se destaca Seymour Skinner (su apellido parece inspirado en el famoso psicólogo conductista), quien es el director de la Escuela Primaria a la que concurren Bart y Lisa. Durante las citadas primeras temporadas se lo presentó como un directivo y profesor temeroso de la mirada de su supervisor escolar, y de expresiones ambivalentes, entre la debilidad y lo riguroso y exigente, de estilo militar, con un reconocido pasado en el frente de batalla. Y ello es la clave de este artículo. Skinner, además de tener una estrecha relación cuasi edípica con su madre (Agnes Skinner), combatió durante lo que se conoció como la Guerra de Vietnam. Y aquí comienza el conflicto que nos importa. Porque Skinner sufre de estrés postraumático debido a Vietnam, y con 44 años afirma ser todavía virgen, aunque no parece ser cierto. Podrían agregarse muchos detalles más acerca de su especial perfil, que se fuera elaborando a través de ciento setenta y nueve capítulos y sucesivas temporadas, y que ya era suficientemente conocido por sus numerosos seguidores, con todos estos pintorescos rasgos de su personalidad, conformando un relato sólido y asimilado. Pero en el capítulo 180 sobrevendría el desastre argumental, con una revelación indigerible para sus fans: Seymour Skinner no era Seymour Skinner sino un impostor, Armando Barreda, que había suplantado al verdadero en plena conflagración bélica. Es que en dicha entrega, con motivo de la celebración de sus veinte años como director de la Escuela irrumpirá el verdadero Skinner, que había sido compañero del impostor en el frente, y que al haber caído prisionero del vietcong y presumiblemente muerto, Barreda decide robarle su identidad, algo de lo que se enterará todo Springfield de boca del auténtico. Claro que para tantos años de simulación y mentira debió contar con la complicidad de su supuesta madre, quien terminó prefiriéndolo por sobre su hijo biológico por considerar que tenía mejor carácter que el propio. Y ya que estaba, el verdadero Skinner no se esperaba ser rechazado por su propia ciudad, que reaccionó desfavorablemente frente a alguien demasiado diferente al Skinner al que ya se habían acostumbrado. El destierro será inevitable, la coacción para que no delate el hecho fuera de su égido se impondrá, y, lo más importante, se instalará la prohibición total y absoluta para volver a referirse al tema. Ya nunca más se hablará sobre ese escandaloso hecho. Y Los Simpson seguirá, desde ahí y posiblemente por los años que continúe en pantalla, como si lo que pasó no hubiese sucedido nunca. Porque de eso no se habla. Porque todo puede perderse en el anonimato de la muchedumbre. Y porque algunos tabúes se convierten en prohibiciones tan fuertes que obligan a distorsionar la propia percepción interna, con muchos autoconvenciéndose de que lo que están viendo no puede ser cierto.

Tomando como referencia el Caso Skinner se pueden establecer algunas analogías con la vida política y lo que fuera el reciente período que tuviera como presidente de Argentina durante dos períodos a la Sra. Cristina Fernández. Sabidas son la preocupación y dedicación que acaparó la elaboración de un relato oficial, de eso que, como cantaba Litto Nebbia, no era otra cosa que la historia escrita por los que habían ganado. Lo que conllevaba que había otra historia. La verdadera historia. En tiempos de posverdad, que como explicaba recientemente Mario Vargas Llosa, no es más que una palabra que encubre a la mentira, todo enunciado que se reitere con convicción y énfasis puede quedar instalado como cierto. No era casual el abuso de las cadenas nacionales, de las panfletarias transmisiones del Fútbol Para Todos, del sostenimiento de engendros televisivos como 678 y del oprobio de la creación de la Secretaría del Pensamiento, que hizo recordar al nefasto stalinismo que denunciaban autores como George Orwell con “1984”. Es decir, convivimos durante años con la mentira y la censura, en tiempos en los que se miraba con entusiasmo y envidia a la decadente república bolivariana de Venezuela y a los dos déspotas que sucesivamente se encargaron de devastarla.

En esa Argentina que se movía en Modo Springfield, donde nadie se atrevía a hablar de lo que eran secretos a voces, por una prohibición que se manifestaba desde el televisivo escrache presidencial hasta la injustificable visita de los inspectores de la AFIP, nadie se permitía hablar de detalles de fondo sobre la viuda de Kirchner. Nadie, ni propios ni extraños, se animó a investigar seriamente acerca de su supuesta inconclusa carrera de abogada, cuando el procedimiento para llegar a fondo con el tema sigue siendo por demás de transparente y sencillo (si algún juez lo requiere, se lo explico). Pero, al día de hoy, parece caso cerrado. Tampoco ninguno de sus seguidores parece extrañarse de la inexplicable fortuna patrimonial de esta familia cuyo patriarca, Néstor Kirchner, se abrazaba con una caja fuerte repleta de fajos de billetes y gritaba “¡Éxtasis!”. Por si todo fuera poco, quienes se espantan, desde ese núcleo duro de los K, del fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación acerca de ese despropósito que es, a todas luces, el llamado 2 x 1 aplicable a casos de lesa humanidad, pretendiéndolo atribuir al actual ejecutivo nacional (siempre se olvidaron de la división de poderes), nunca se espantaron del hecho de que sus líderes no sólo que nunca levantaron un dedo ni presentaron un hábeas corpus a favor de nadie en la Santa Cruz del Proceso sino que además parecen haberse enriquecido sobre las propiedades malhabidas de quienes iban desapareciendo en dicha provincia. No menos grave fueron las prohibiciones para hablar de dos temas que no eran para nada superficiales, con la débil justificación de que eran cuestiones que formaban parte de la vida privada de la Sra. ¡No! Que se supiera con detalle el diagnóstico de las sucesivas afecciones físicas y emocionales de Cristina era una cuestión de estado tan relevante que los países más evolucionados desencadenan los mecanismos sucesorios constitucionales, considerando la gravedad de las decisiones que pueden tomarse en dichos estados, y las consecuencias que conllevan para esos países. Recuérdese en este punto cómo se hablaba del síndrome de hubris (léase jibris). Tampoco era menor que se hubiera investigado periodísticamente y con la seriedad y respeto del caso quiénes fueron las supuestas parejas sentimentales de esta señora. El listado parecía interesante pero cada acompañante, si lo hubo, podría haber manejado información relevante, y de algún riesgo, para los destinos del país.

La denominada “década ganada” (“década perdida”, para más de la mitad del país), la de la arquitecta egipcia, la de la abogada exitosa, la de la admiradora de Pericles, parece estar terminando. Aunque queden bolsones.

Argentina fue la Springfield de la posverdad. Sí, claro. Del relato y la mentira. Si estamos realmente en la Argentina del Cambio, dentro de los límites correspondientes, que nadie se sienta obligado a callar lo que piense o lo que sepa. Sea sobre Cristina Fernández, sobre Mauricio Macri, o sobre cualquiera.

Comentarios