OPINIÓN

Martes, 18 Abril 2017 15:49

Espejos del fracaso del populismo de izquierda

Por Rafael Micheletti
Abogado e investigador de Fundación Libertad

Venezuela y Santa Cruz están devastadas. No podía ser de otra forma luego de muchos años de estar gobernadas por una misma ideología autoritaria de extrema izquierda que una y otra vez, a lo largo de la historia, como todo autoritarismo, demostró trágicamente su incapacidad. Esto refuerza la hipótesis de que, en lo esencial, la diferencia de resultado entre chavismo y kirchnerismo es sólo una cuestión de cantidad, explicada por el tiempo que una y otra fuerza estuvo al frente del Estado.

El chavismo lleva gobernando Venezuela unos 18 años, y contando, desde 1999. El kirchnerismo gobernó Argentina de 2003 a 2015, unos 12 años, y con dos importantes reveses en elecciones legislativas intermedias, que lo obligaron a ponerle un freno a su proyecto autoritario. Esa es toda la diferencia.

Las similitudes entre ambos modelos son, de hecho, demasiado numerosas y evidentes: autoritarismo, violación de la división de poderes, impunidad, corrupción, despilfarro, déficit, desinversión, presión impositiva elevada, inflación, cepo cambiario, dominación clientelar, falta de transparencia, complicidad con el narcotráfico, permisividad con la delincuencia, etc. Pero donde el kirchnerismo no tiene ninguna excusa, ni siquiera las poco creíbles que utiliza para despegarse del fracaso de Venezuela (cuando no reivindica directamente la dictadura de Maduro), es en Santa Cruz. Lleva gobernando y aplicando su “modelo” en esa provincia de manera ininterrumpida desde 1991. Es decir, 26 años, y contando...

No hace falta decir mucho para explicar la situación que atraviesa la provincia de Santa Cruz, gobernada actualmente por la hermana de Néstor, Alicia Kirchner, ex ministra de desarrollo social durante el kirchnerato. Mientras que la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, recibió un año atrás una provincia quebrada (por el kirchnerista Daniel Scioli) y este año hizo un esfuerzo para ofrecer un 19% de aumento a los docentes sin que las negociaciones hayan terminado, Alicia ofreció apenas un 3%, argumentando descaradamente que recibió la provincia en terribles condiciones (¡luego de 26 años de gobierno de su propia fuerza política!).

La provincia de Santa Cruz se encuentra literalmente paralizada. Hay varios edificios públicos tomados. No funcionan la Justicia, el Ministerio de Economía ni la educación y la salud está colapsada, mientras las sospechas y denuncias de corrupción y fondos faltantes son sistemáticas. Agudiza la situación una crisis de legitimidad, derivada del hecho de que Alicia Kirchner no fue la candidata que más votos obtuvo en las elecciones a gobernador de Santa Cruz. Accedió al cargo por una tramposa ley de lemas que le permitió sumar votos de otros candidatos.

En Venezuela la situación es aún peor. Lleva varios años de una crisis literalmente terminal. El aparato productivo está destruido, la inflación no para de crecer (en 2016 fue del 550%), el desabastecimiento es fenomenal, el régimen se endurece cada vez más, no hay acceso a bienes básicos y medicamentos, muchos venezolanos pasan hambre o mueren en las colas de hospitales colapsados, y las muertes por violencia política y delictiva, que en muchos casos se entremezclan, son alarmantes (en 2016 fue el segundo país sin conflicto armado más violento del mundo, con 91,8 homicidios cada 100.000 habitantes). Tanto es así que el ex Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon, afirmó ya en agosto de 2016 que había una “crisis humanitaria” en el país caribeño, el mismo rótulo que se usa para describir la tragedia social en países que sufren una guerra o catástrofe natural.

Si hay algunas diferencias de grado entre Santa Cruz y Venezuela, se deben al hecho de que no es lo mismo gobernar un país que una provincia. El kirchnerismo no puede, por ejemplo, tener presos políticos, ni inhabilitar o clausurar el Poder Legislativo, como hizo Maduro. Eso sería motivo de intervención federal. Pero las tendencias generales y los resultados son equiparables.

El populismo de izquierda latinoamericano, como todo extremismo de izquierda, se inspira en el marxismo. Este último es una corriente de pensamiento amplia y compleja, pero presenta una tendencia preponderante a favor del autoritarismo en sus diversas formas. Esto se debe a la apuesta contundente de Karl Marx por una “dictadura del proletariado”; a su desprecio por el Estado de Derecho democrático o democracia republicana, tildándola peyorativamente de “burguesa” y afirmando en abstracto y dogmáticamente su naturaleza opresiva; y a su afirmación de que los intereses de la clase obrera serían “objetivos”, lo que habilita a imponerlos autoritariamente desde arriba, conforme el pensamiento de una vanguardia iluminada o de un líder providencial.

El populismo de izquierda o “neomarxismo” pretendió darle un tinte democrático al extremismo de izquierda. Lo hizo reemplazando el materialismo histórico por un relativismo que se disfrazó engañosamente de pluralismo; desechando el determinismo económico por un determinismo cultural que justificó la dominación cultural desde el Estado; y sustituyendo la lucha armada por el populismo como estrategia solapada para concentrar un poder autoritario luego de acceder al Estado a través de elecciones. Pero, aunque el método y la estrategia cambien, la ideología es en esencia la misma y los resultados también.

Los avances del kirchnerismo desde el Estado nacional contra la Justicia independiente y la prensa crítica; la negativa de Cristina Fernández a pasarle los atributos presidenciales a Mauricio Macri; las afirmaciones de Hebe sobre que no hay que “ser bueno” y sobre que Macri es “peor que un dictador”, así como su amenaza de “volar” la Casa de Gobierno; la reivindicación de las organizaciones armadas de los 70; el deseo público del kirchnerismo de que el gobierno caiga y el helicóptero de cartón llevado por sus militantes al acto del 24 de marzo, no son hechos aislados sino el reflejo de la intolerancia propia de una ideología prepotente, soberbia y autoritaria, que jamás va a reconocer un error ni a conocer la humildad a pesar de haber destruido prácticamente todo lo que tocó.

Mientras no abandonemos y repudiemos de manera uniforme y contundente todo autoritarismo o extremismo, sea de izquierda o de derecha; mientras no valoremos la institucionalidad democrática como principal factor de desarrollo económico y social; mientras el debate político no se circunscriba espontáneamente a la centroizquierda y la centroderecha, excluyendo a los extremos autoritarios; mientras no condenemos todo atisbo autoritario bajo la premisa de que el autoritarismo no tiene freno, no podremos convertir a Latinoamérica en una región pacífica, libre, igualitaria y desarrollada.


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