El auto más largo del mundo

El auto más largo de la historia cometió el pecado de haber sido el auto más largo de la historia. Su propia condición es su épica y su tragedia, su neón y su óxido, su gloria y su deshonra. Son más de 30 metros de pura fanfarronería, de nula eficiencia y de un final desolado. Experimentó la desidia de la fama, padeció la temporalidad de su gesta, fue elevado al altar de los récords y devuelto al olvido. El “American Dreams” -paradójico nombre- es su propio flagelo, carga su propia cruz.

El auto más largo del mundo es y fue. Porque aunque ostenta el premio Guinness desde 1989, se transformó hace cinco años en chatarra. Es un anacronismo. Un auto único, diseñado y concebido para la plusmarca, sin más intenciones que coronarse en los registros históricos. Es la extensión de la opulencia peor entendida. Tiene 30,48 metros de largo y un propósito dudoso: nunca realizó grandes traslados.

Es un invento típicamente estadounidense: fastuoso, limítrofe, desproporcionado, presumido, oportunista. Oportunista porque fue creado para rendir examen ante el Libro Guinness de los Récords y demás eventos interesados en exhibir una obra monstruosa. Jay Ohrberg, fabricante artesanal y diseñador de vehículos inhóspitos, fue el responsable del “American Dream”. El constructor hacía precisamente eso: fabricar piezas automovilísticas para que más vistas que usadas. Él hizo el Ford Gran Torino de Starsky & Hutch y el DeLorean de Marty McFly en Regreso al futuro.

Era estrafalario, excéntrico, exótico, hoy parece más bien un vehículo desalmado, caído en desgracia. Un vehículo tan impactante como inexpresivo. Tenía un jacuzzi, un helipuerto, una cama de agua King size. Pesaba casi doce toneladas de peso. Se sostenía en tres ejes de ruedas con un total de 26 neumáticos -ocho de ellas en la articulación central- y 16 ventanas laterales en cada lado. Era monstruoso. Encarnaba la customización de un Cadillac ElDorado de 1976, blanco y escultural.

La larga limusina fue un emblema del lujo en la década del noventa

Para movilizar semejante máquina se precisaban dos motores V8 y dos puestos de conducción en cada punta de la limusina. Se supone que era más fácil cambiar zona de comandos y dirección que dar vuelta la unidad. En la década del noventa, alquilar el auto más largo de la historia demandaba un gasto cercano a los diez mil dólares y su precio final oscilaba en los cuatro millones de dólares. Eran las épocas de lustre, éxito y notoriedad.

Pero la inmortalidad es cuento y el prestigio, finito. La empresa que lo había arrendado no renovó el contrato y la suerte del auto más grande fue antagónica a su esencia. Lo abandonaron en la intemperie de un barrio de Nueva Jersey a la ventura de su devenir. Fue automáticamente desguazado. Algunos oportunistas le extrajeron valiosos entramados y detalles lujosos a la limusina. Del resto se encargó el tiempo. En un estado calamitoso, la empresa Autoseum – Automotive Teaching Museum de Nueva York compró el vehículo histórico en una subasta con el objetivo de restaurarlo y devolverle su glorioso pasado. Hace cinco años que intentan resucitar la épica de un auto teñido de óxido, envuelto en polvo y cubierto por tragedia. Una ironía a la ostentación.

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